Si la IA sigue siendo un club de chicos, el nuevo reparto de riqueza dejará fuera a las mujeres
La explosión de la inteligencia artificial es el nuevo “momento internet” para la economía global. Se están creando fortunas a una velocidad que no veíamos desde la burbuja puntocom, pero el reparto inicial tiene un patrón familiar: fundadores, socios de fondos y primeros empleados son, mayoritariamente, hombres. En SXSW, la científica e inversora Rana el Kaliouby lanzó una advertencia incómoda: si la IA se consolida como un club de chicos, la brecha de riqueza entre hombres y mujeres se disparará. Aquí analizamos por qué tiene razón, qué papel puede jugar Europa y qué deberían vigilar también los ecosistemas hispanohablantes.
La noticia en breve
Según relata TechCrunch, Rana el Kaliouby —investigadora en IA, fundadora de la startup de reconocimiento de emociones Affectiva (vendida en 2021) y hoy cofundadora y socia general de Blue Tulip Ventures— aprovechó su intervención en SXSW (Austin) para denunciar el sesgo de género del sector.
De acuerdo con el medio, El Kaliouby sostuvo que el ecosistema actual de IA funciona de facto como un “boys’ club”: la mayoría de titulares sobre startups de IA destacan a fundadores hombres, los fondos de capital riesgo están dirigidos por socios mayoritariamente masculinos y las mujeres apenas aparecen como técnicas, fundadoras, inversoras o socias limitadas en fondos especializados en IA.
TechCrunch explica que alrededor del 75% de las inversiones de Blue Tulip se dirigen a startups con una CEO mujer. No se trata de un mandato exclusivo, sino de una decisión deliberada para compensar la falta de financiación que sufren las fundadoras.
El Kaliouby advirtió de que, si las mujeres continúan fuera de los puestos clave —creando empresas, recibiendo financiación y participando como inversoras—, dentro de cinco o diez años veremos una brecha económica mucho más profunda. Sus palabras se enmarcan, según TechCrunch, en un contexto político estadounidense marcado por el retroceso de programas de diversidad, equidad e inclusión (DEI) bajo la administración Trump, con impacto directo en la cultura y los productos del sector tecnológico.
Por qué importa: la IA redefine quién manda y quién se enriquece
El mensaje de El Kaliouby va más allá de la “representación simbólica”. Habla de estructuras de poder y de propiedad en una tecnología que se está convirtiendo en la capa básica de la economía digital.
Tres dinámicas hacen especialmente peligrosa esta situación para las mujeres:
La riqueza está en el capital, no en las nóminas. El grueso de los beneficios de la ola de IA irá a parar a fundadores, primeros empleados con stock options y, sobre todo, a los fondos e inversores que entren pronto. Las mujeres están infrarrepresentadas precisamente en esos niveles, y aún más en capas de infraestructura (modelos base, chips, nube) donde se concentra el valor a largo plazo.
La automatización apuntará a trabajos feminizados. Tareas administrativas, soporte al cliente, parte de la contabilidad, de lo jurídico y del procesamiento de datos en sanidad o educación son sectores con un alto porcentaje de mujeres. El riesgo es doble: se precariza o destruye empleo donde ellas son mayoría, mientras los grandes retornos del capital se quedan en manos de un grupo muy masculino.
Quien decide la inversión decide qué futuro se construye. Los comités de inversión filtran qué problemas merecen capital. En grupos homogéneos de hombres, temas como salud femenina, cuidados, violencia de género o carga mental suelen quedar relegados a “nichos”, cuando en realidad son mercados enormes. Se pierden oportunidades de negocio y, de paso, se agrandan las desigualdades.
La ofensiva contra la agenda DEI en Estados Unidos refuerza esta inercia: la diversidad se caricaturiza como “ideología” en lugar de tratarse como ventaja competitiva y mecanismo de gestión de riesgos. Eso da permiso para desmontar programas justo cuando se está consolidando el nuevo reparto de poder en la economía de la IA.
Si no hay intervención intencionada, la IA no solo replicará las brechas de género preexistentes; las amplificará mediante el efecto compuesto de la propiedad del capital.
El panorama amplio: ya vimos algo parecido con internet, móvil y cripto
La desigualdad de género en IA no es un accidente aislado; es la continuación de un patrón que se repite en cada gran ola tecnológica.
Era web y móvil. La expansión de internet y después de los smartphones generó fortunas descomunales. Las mujeres fueron protagonistas como usuarias y empleadas, pero rara vez como fundadoras de los grandes “exits” o como socias en los fondos que los financiaban. El resultado: la riqueza generada por plataformas apoyadas en la atención y los datos de una base de usuarios diversa terminó, sobre todo, en bolsillos masculinos.
Cripto y Web3. El patrón se repitió: comunidades muy masculinas, barreras de entrada técnicas y culturales altas, redes de confianza cerradas. Pocas mujeres como fundadoras, desarrolladoras clave o grandes inversoras, a pesar de los miles de millones que circularon.
Con la IA hay dos diferencias clave:
Se incrusta en infraestructura crítica. Los modelos de lenguaje, la visión por computador o los sistemas de recomendación se están integrando en sanidad, finanzas, transporte, justicia, educación y administración pública. La cuestión ya no es solo quién se hace rico, sino quién define qué riesgos se aceptan y qué grupos soportan las consecuencias.
Hay más regulación desde el principio. A diferencia de los primeros años de internet o cripto, el sector nace bajo el radar de reguladores relativamente activos: el Reglamento de IA de la UE, el GDPR, el DSA, normas sectoriales en banca o salud… Son herramientas imperfectas, pero ofrecen palancas para exigir transparencia, evaluación de impactos y, potencialmente, cambios en la gobernanza.
Mientras tanto, proliferan fondos y aceleradoras dirigidos a fundadoras y a talento subrepresentado, también en España y en Latinoamérica. Pero su escala sigue siendo mínima frente a los megafondos que, desde Silicon Valley, Londres o Singapur, inyectan cientos de millones en startups de IA creadas por hombres.
El peligro es repetir el reparto por capas: mujeres visibles en proyectos de “IA aplicada” (educación, bienestar, RR. HH.), pero casi ausentes en los cimientos: modelos fundacionales, hardware, grandes nubes. Ahí es donde se acumulan las rentas a largo plazo.
La mirada europea e hispanohablante: buenas leyes, poco capital para ellas
Europa suele verse a sí misma como más igualitaria que Estados Unidos, y en términos regulatorios no le falta razón: igualdad de género en los tratados, directivas sobre brecha salarial, protección de datos robusta, ahora el Reglamento de IA. Pero cuando miramos quién recibe el dinero del boom de la IA, el cuadro cambia.
En el mercado europeo, las startups formadas solo por mujeres captan una porción ínfima del capital riesgo, y los equipos mixtos tampoco llegan ni de lejos a la paridad. Los mayores cheques de IA en el continente siguen yendo a fundadores hombres. En España, Alemania o Francia la foto es muy similar.
La ventaja europea está en sus herramientas públicas:
Fondos y programas de innovación. Horizonte Europa, el EIC Accelerator, CDTI en España o programas nacionales en Francia y Alemania movilizan miles de millones para deep tech. Podrían priorizar —de forma explícita— consorcios y startups de IA con liderazgo diverso y compromisos sólidos de gobernanza inclusiva.
Contratación pública. Administraciones, sanidad pública, universidades y empresas estatales se convertirán en grandes compradores de IA. Incluir criterios de diversidad en equipos clave y análisis de impacto de género en los pliegos podría cambiar quién gana los contratos.
Aplicación del Reglamento de IA. Las autoridades podrán exigir evaluaciones de riesgo y transparencia en sistemas de alto impacto. Si estas evaluaciones se desagregan por género y otros factores, se hará evidente dónde la IA perjudica más a las mujeres, presionando a proveedores para corregir sesgos… y para contar con equipos capaces de entenderlos.
En el ámbito hispanohablante más amplio, de Ciudad de México a Bogotá o Buenos Aires, se suma otra capa: ecosistemas de startups menos capitalizados y más sensibles a los ciclos internacionales. El riesgo es importar la narrativa anti‑DEI desde Estados Unidos sin haber llegado siquiera a despegar en diversidad. Pero también hay oportunidad: programas públicos como ENISA en España o los fondos de desarrollo en América Latina pueden condicionar su apoyo a proyectos de IA a criterios de inclusión desde el minuto cero.
Mirando hacia adelante: indicadores para saber si reaccionamos a tiempo
¿Cómo sabremos si el aviso de El Kaliouby se traduce en cambios reales o se queda en un titular más? Hay varios indicadores a observar en los próximos cinco años.
Quién firma las grandes rondas de IA. Fíjate en los fundadores y en los cap tables de los próximos unicornios de IA en Europa, Estados Unidos y América Latina. Si siguen siendo casi todos hombres, las palabras sobre diversidad no habrán cambiado la lógica del capital.
Quién dirige los fondos de IA. No basta con apoyar a alguna startup fundada por mujeres. Necesitamos ver a mujeres como socias directoras de fondos especializados en IA, al frente de redes de business angels y dentro de los comités de inversión de grandes gestoras y fondos públicos. Si eso no ocurre, el grueso del patrimonio generado seguirá concentrado en pocas manos masculinas.
Cómo se aplica la regulación. El Reglamento de IA de la UE, las normas de protección de datos o las leyes anti‑discriminación de distintos países pueden quedarse en mero papeleo o convertirse en palancas. Lo segundo implica auditorías de impacto desagregadas por género, registros públicos de sistemas de alto riesgo y sanciones claras cuando los daños recaen de forma desproporcionada sobre mujeres u otros colectivos.
Cambio de narrativa en las empresas. Mientras la diversidad se vea como “tema de RR. HH.” o gesto reputacional, perderá frente a la presión del corto plazo. Cuando los consejos empiecen a preguntar: “¿Qué ingresos estamos perdiendo porque nuestro equipo de IA piensa y se parece demasiado a sí mismo?”, estaremos en otro escenario.
Hay también oportunidades interesantes. Las propias herramientas de IA reducen barreras de entrada: asistentes de programación, infraestructuras en la nube y modelos pre‑entrenados permiten que equipos pequeños —incluidos los formados por mujeres— lancen productos globales con menos capital inicial que nunca. Si se abre mínimamente el grifo de la financiación hacia fundadoras, el efecto palanca puede ser enorme, también en Madrid, Barcelona, Ciudad de México o Santiago de Chile.
La incógnita es el calendario. La mayor parte de la riqueza de una ola tecnológica se genera en su primera década. Esta década de la IA ya ha empezado.
En resumen
Rana el Kaliouby no está pidiendo más fotos diversas para las memorias anuales; está señalando un fallo de diseño en la economía de la IA: el capital y el control se están concentrando en un nuevo estrato tecnológico del que las mujeres están, en gran medida, ausentes. Si Europa y el mundo hispanohablante tratan esto como un debate cultural y no como una cuestión de poder económico, la brecha de riqueza de género quedará consolidada durante generaciones. La pregunta incómoda para cualquier lector —ya seas inversor, directivo, funcionario o desarrollador— es sencilla: ¿qué estás haciendo, de forma concreta, para que la IA no sea otro club de chicos que decide tu futuro?



