Brindar con una tarta por un nuevo unicornio en una oficina de Kiev mientras suenan las sirenas antiaéreas no es solo una imagen emotiva. Es la prueba de que el ecosistema tecnológico ucraniano no se ha congelado por la guerra, sino que sigue creciendo y sofisticándose. Y para Europa y el mundo hispanohablante, eso ya no es una anécdota lejana.
En este artículo miramos a Ucrania no como objeto de caridad, sino como actor estratégico: analizaremos qué significa esta nueva ola de startups para el capital europeo y latinoamericano, para la competencia global por talento y para el futuro de la innovación en defensa, salud mental y educación.
La noticia en breve
Según informa TechCrunch, cuatro años después de la invasión a gran escala de Rusia, las startups ucranianas continúan operando, levantando rondas y contratando desde dentro del país.
La plataforma de aprendizaje de idiomas Preply alcanzó el estatus de unicornio a principios de año y planea contratar a unos 100 ingenieros adicionales para sus equipos globales, manteniendo alrededor de un tercio de su plantilla técnica en Ucrania. De acuerdo con TechCrunch, la comunidad tecnológica de Kiev se ha adaptado a los cortes frecuentes de electricidad mediante generadores, baterías de alta capacidad y oficinas que funcionan como refugios calefactados 24/7.
El artículo destaca también a Aspichi, que tras el inicio de la guerra se reinventó por completo y ahora desarrolla Luminify, una plataforma de realidad mixta para tratar el trauma psicológico de soldados, veteranos y civiles. Las startups pueden obtener un estatus especial que protege de la movilización a empleados clave si sus productos se consideran relevantes para el esfuerzo nacional.
Más allá de Kiev, Leópolis (Lviv) se consolida como segundo polo con espacios como LEM Station y eventos como IT Arena 2025, que reunió a más de 6.000 participantes de más de 40 países. Fondos locales como 1991, Flyer One Ventures y SMRK siguen activos, y delegaciones ucranianas continúan viajando a conferencias europeas a pesar de las dificultades logísticas.
Por qué importa
Desde Madrid, Ciudad de México o Buenos Aires es fácil encasillar esta historia como un ejemplo inspirador de resiliencia y pasar página. Pero para quien construye o financia tecnología, sería un error.
En primer lugar, el sector tecnológico se ha convertido en una pieza central de la economía de guerra ucraniana. Exportar software y productos digitales genera divisas, ingresos fiscales y trabajo de alto valor añadido sin necesidad de infraestructuras físicas intactas. Cada startup rentable o unicornio adicional amplía el margen de maniobra del país frente a acreedores, instituciones y, por supuesto, frente a Rusia.
En segundo lugar, cambia el tablero global de talento. Ucrania ya era antes de la guerra uno de los mayores viveros de desarrolladores de Europa. Hoy, sus ingenieros no solo trabajan como outsourcing para terceros; construyen productos propios con ambición global. Para startups españolas o latinoamericanas que compiten por perfiles senior, esto significa que en la puja ya no están solo Big Tech y empresas estadounidenses, sino también equipos ucranianos capaces de ofrecer proyectos punteros en remoto.
Tercero, el estatus especial que exime de la leva a empleados de startups “estratégicas” es muy revelador: el Estado reconoce que cierto software –desde drones hasta terapias de realidad mixta– forma parte de la infraestructura crítica del país. Eso abre un espacio enorme para innovación de doble uso (civil y militar) en el cruce entre IA, salud, ciberseguridad, logística o comunicaciones.
Quien pierde en este escenario son los inversores que siguen viendo Ucrania únicamente como riesgo geopolítico. El capital que espere “a que pase todo” puede descubrir en pocos años que los mejores equipos y las mejores participaciones ya están en manos de fondos que decidieron asumir el riesgo ahora.
El cuadro más amplio
La guerra como acelerador de innovación no es un fenómeno nuevo. Israel construyó buena parte de su músculo en ciberseguridad y defensa tecnológica bajo presión bélica. La novedad en Ucrania es que este efecto ocurre en un momento en que el trabajo distribuido, la nube y las herramientas globales de desarrollo reducen drasticamente las barreras de entrada.
Hoy un equipo en Leópolis puede diseñar, desplegar y vender un SaaS global sin necesidad de instalarse en Silicon Valley. Plataformas de pago, infraestructuras cloud, marketplaces de talento y canales de distribución digital ya existen; lo que aporta Ucrania es una combinación poco habitual de seniority técnica, coste relativo competitivo y capacidad para construir en condiciones extremas.
Desde 2022, la invasión rusa también ha sacudido las prioridades tecnológicas de la OTAN y la UE. Programas como la red de aceleradoras DIANA o el Fondo Europeo de Defensa se han ampliado. Las startups ucranianas funcionan, de facto, como laboratorio en vivo para drones, guerra electrónica, análisis de inteligencia y logística táctica con ciclos de feedback medidos en semanas. Esa velocidad de iteración no es replicable en entornos de paz.
En paralelo, muchas startups civiles se ven obligadas a diseñar pensando en entornos frágiles: cortes de luz, redes saturadas, desplazamientos masivos. Eso genera productos especialmente robustos, ligeros y capaces de funcionar offline. Justo el tipo de tecnología que puede encajar en mercados emergentes de África o América Latina, donde las infraestructuras también son imperfectas.
Por último, la presencia constante de delegaciones ucranianas en eventos europeos forma parte de una tendencia mayor: la descentralización del poder tecnológico. Además del eje Silicon Valley‑Londres‑Berlín, aparecen polos en el Báltico, los Balcanes y, ahora, en un país en guerra. Cuando fundadores en Kiev enumeran con orgullo los unicornios de su ecosistema, no piden lástima; reclaman su lugar en ese nuevo mapa.
La perspectiva europea e hispanohablante
Para Europa, la resiliencia del ecosistema ucraniano es un anticipo de lo que podría significar integrar al país en el mercado único. Si Ucrania avanza en su camino hacia la adhesión, Bruselas heredará de golpe un hub tecnológico con cientos de miles de ingenieros, un sector de defensa ultra probado y varias marcas globales.
Eso chocará inevitablemente con el marco regulatorio europeo. El RGPD ya condiciona cómo deben tratarse datos ultradelicados de salud mental en plataformas como Luminify. La Ley de Servicios Digitales (DSA) y la Ley de Mercados Digitales (DMA) afectan a marketplaces, redes sociales y agregadores que los equipos ucranianos están construyendo. Y el futuro Reglamento de IA de la UE abrirá debates complejos en torno a modelos de inteligencia artificial que tengan un pie en el mundo civil y otro en el militar.
Para España y América Latina, hay un ángulo adicional: el de la cooperación y la expansión. Empresas iberoamericanas podrían apoyarse en talento ucraniano para acelerar su I+D en IA, ciberseguridad o fintech, aprovechando la afinidad cultural con Europa y la posibilidad de operar bajo marcos regulatorios compatibles. Al mismo tiempo, las startups ucranianas que quieran crecer en mercados hispanohablantes necesitarán socios locales que conozcan bien las realidades de México, Colombia, Chile o Argentina.
Campus y hubs como Barcelona, Madrid, Ciudad de México o Bogotá compiten cada vez más por ser puertas de entrada a Europa o a América Latina. Incorporar a Ucrania en esa ecuación –como socio tecnológico, no solo como receptor de ayuda– puede ser una ventaja competitiva para quien se mueva primero.
Mirando hacia adelante
En el corto plazo (12–24 meses) es razonable esperar más de lo mismo, pero a mayor escala: hubs como Kiev y Leópolis consolidando comunidades fuertes; startups de defensa y doble uso captando gran parte del capital institucional; y empresas más maduras, como Preply u otras del entorno de productividad, marketing o ciberseguridad, ampliando sus equipos técnicos en el país.
A tres o cinco años vista, el protagonista puede ser otro: la reconstrucción. La reparación de infraestructuras, vivienda, energía y servicios públicos en Ucrania será uno de los proyectos económicos más grandes de Europa en décadas. Esa ola necesitará soluciones digitales para obra civil, smart grids, administración electrónica, identidad digital, educación y sanidad. Startups que hoy sobreviven improvisando con generadores pueden convertirse mañana en proveedores clave para constructoras, utilities y gobiernos.
El riesgo principal está en las personas. La movilización prolongada, el trauma y el cansancio extremo amenazan con vaciar el ecosistema del talento que lo hace único. El brain drain hacia capitales seguras y ricas –Varsovia, Berlín, Praga, incluso Madrid o Lisboa– ya es visible. El gran reto para Kiev y para Bruselas será crear itinerarios que permitan a los profesionales salir, formarse o trabajar fuera… pero también regresar con incentivos fuertes para construir allí.
Para los inversores y empresas del mundo hispanohablante, la oportunidad es clara: pasar de los gestos simbólicos a las estructuras estables. Fondos dedicados a Europa del Este, acuerdos de co‑inversión con VCs locales, centros de desarrollo compartidos o proyectos conjuntos financiados por programas europeos son caminos obvios que pocos están explorando todavía.
En resumen
El ecosistema startup ucraniano ha dejado de ser una nota al pie en la guerra para convertirse en un actor que reordena el mapa tecnológico europeo. Las condiciones extremas están produciendo compañías más austeras, resistentes y globales que muchas de sus homólogas en mercados cómodos. La pregunta para emprendedores, inversores y responsables públicos hispanohablantes no es si deben “ayudar” a Ucrania, sino si están dispuestos a tratarla como un socio tecnológico estratégico… o a ver cómo otros ocupan ese lugar.



