Los archivos Epstein y los coches eléctricos: la cara B del dinero inteligente

15 de febrero de 2026
5 min de lectura
Ilustración de coches eléctricos, gráficos bursátiles y siluetas de inversores en la sombra

Titular e introducción

Las nuevas revelaciones sobre Jeffrey Epstein no solo afectan a la política y la realeza. También atraviesan de lleno una de las grandes narrativas tecnológicas de la última década: el auge de los vehículos eléctricos. Entre correos, intermediarios poco conocidos y estructuras opacas, aparece un patrón incómodo: en pleno boom de la movilidad, parte del capital que sostenía a las startups más glamurizadas llegaba de manos de actores cuya reputación ya estaba seriamente cuestionada. En este análisis, vamos más allá de lo publicado por TechCrunch para entender qué nos dicen estos archivos sobre la cultura inversora de Silicon Valley, qué riesgos plantea para Europa y América Latina y qué deberían aprender fundadores e inversores hispanohablantes.

La noticia en breve

Según TechCrunch, documentos publicados recientemente por el Departamento de Justicia de EE. UU. sobre Jeffrey Epstein incluyen un amplio intercambio de correos entre Epstein y un empresario poco conocido llamado David Stern. El periodista Sean O’Kane reconstruye cómo Stern, descrito como un empresario alemán con vínculos en China y con el príncipe Andrés, trató de implicar a Epstein en varias inversiones en startups de vehículos eléctricos entre aproximadamente 2014 y 2018.

Stern habría presentado a Epstein oportunidades en Faraday Future, Lucid Motors y Canoo. Los correos muestran a Stern pidiéndole a Epstein que consiguiera información extraoficial de bancos como Morgan Stanley sobre la ronda de financiación de Lucid y un posible interés de Ford, con la idea de comprar participaciones a precio de saldo y venderlas rápidamente. Epstein nunca acabó invirtiendo en estas compañías, pero Stern sí fue inversor inicial en Canoo, hoy en bancarrota.

Todo esto ocurrió años después de que Epstein se declarara culpable en 2008 de delitos sexuales contra una menor, un hecho conocido pero a menudo minimizado en determinados círculos tech.

Por qué importa

Podría parecer otro capítulo más en la historia interminable de Epstein y las élites. Pero para el ecosistema tecnológico y climático, hay cuestiones de fondo mucho más serias.

El sector de los vehículos eléctricos es uno de los más intensivos en capital de nuestra época: fábricas, cadenas de suministro, regulación, branding global. Esa combinación abre la puerta a un tipo de actor muy específico: intermediarios capaces de mover grandes sumas a través de jurisdicciones, negociar con bancos de inversión y explotar vacíos de información. Según el relato de TechCrunch, Stern encaja perfectamente en ese perfil y utilizó el tirón de Epstein como acceso a chequeras y contactos.

¿Quién gana en este esquema? Los intermediarios y los inversores dispuestos a ignorar las señales de alarma si el retorno potencial es enorme. ¿Quién pierde? Trabajadores, proveedores y pequeños accionistas de compañías como Canoo, que descubren demasiado tarde que algunos de sus patrocinadores no estaban ahí para construir una empresa duradera, sino para jugar una partida de arbitraje financiero.

Hay además un mensaje simbólico: que Epstein siguiera siendo un contacto valioso en Silicon Valley después de su condena en 2008 habla por sí solo. La industria que presume de cambiar el mundo aceptó como normal hacer negocios a la sombra de alguien con un historial criminal público, siempre que aportara acceso a poder y dinero. La moral se volvió negociable; la due diligence ética, opcional.

El punto no es que Lucid, Faraday u otras startups estuvieran controladas por Epstein (no lo estuvieron), sino que el entorno de financiación permitió que ese tipo de figuras orbitara tan cerca de decisiones estratégicas. Para cualquier fundador latinoamericano o europeo que hoy busca capital agresivo para proyectos de IA, clima o fintech, la lección es clara: el origen del dinero importa tanto como el tamaño del ticket.

La foto grande

Para entender cómo alguien como Stern pudo rondar tantos deals de vehículos eléctricos, conviene mirar el patrón histórico de los grandes ciclos de hype.

El boom de la “movilidad” de mediados de la década de 2010 –autónomos, EVs, ride‑hailing– siguió una dinámica muy parecida a la burbuja cripto o al entusiasmo actual por la inteligencia artificial. Cuando un sector se declara “inevitable”, el flujo de capital supera rápidamente la capacidad de los actores para filtrar quién entra en la mesa de capitalización. Los fondos compiten por no quedarse fuera y los bancos buscan historias de crecimiento que vender a sus clientes.

En ese contexto, los intermediarios con relaciones en bancos, family offices y gobiernos extranjeros tienen una ventaja brutal. Pueden identificar compañías presionadas por necesidades de caja, acceder a información privilegiada o casi privilegiada y diseñar operaciones basadas más en ingeniería financiera que en visión industrial. Exactamente lo que sugieren los correos entre Stern y Epstein que describe TechCrunch: comprar participaciones en momentos de debilidad para luego revenderlas cuando entre un actor estratégico como Ford.

No es la primera vez que ocurre algo así. Pasó con las puntocom, con la fabricación de paneles solares, con la fiebre por las licencias 3G. Siempre que la historia dominante es “hay que entrar ahora o te quedas fuera del futuro”, se abren huecos para el capital opaco.

Lo relevante es que hoy estamos en un ciclo similar con la IA generativa, donde las rondas se cierran en semanas y aparecen fondos semidesconocidos dispuestos a pagar valoraciones estratosféricas. Si algo nos enseñan los archivos Epstein‑EV, es que los sectores de moda no solo atraen talento y capital legítimo, sino también a operadores cuya única tesis es “comprar barato, vender caro, rápido”.

La dimensión europea y latinoamericana

Desde Europa, estas revelaciones llegan en plena ofensiva regulatoria: GDPR, Digital Services Act, AI Act, nuevas normas contra el blanqueo de capitales, control de inversiones extranjeras… Bruselas está construyendo un ecosistema donde los datos, los algoritmos y, cada vez más, los flujos de capital estratégico están bajo la lupa.

Sin embargo, en la práctica, muchos actores tech europeos siguen tratando la procedencia del dinero como un tema secundario. Lo mismo ocurre en varias economías latinoamericanas, donde el hambre de capital extranjero –sobre todo en hubs como Ciudad de México, São Paulo, Bogotá o Buenos Aires– puede llevar a aceptar cheques sin hacer demasiadas preguntas incómodas.

Para startups de movilidad, clima o deep tech en España y América Latina, hay una tensión evidente: necesitan grandes sumas y, a menudo, esas sumas vienen de family offices discretos, fondos soberanos o grupos industriales extranjeros. La cuestión no es demonizar ese capital, sino elevar el estándar de transparencia: ¿quién es realmente el beneficiario final?, ¿qué agenda trae?, ¿qué pasa si su nombre aparece mañana en una investigación internacional?

Europa tiene una ventaja relativa: registros públicos de titulares reales, directivas de blanqueo de capitales, nuevas competencias de la futura Autoridad Europea contra el Blanqueo (AMLA). Pero las normas solo sirven si inversores y fundadores las convierten en cultura. Del mismo modo que nadie serio lanzaría hoy un producto sin pensar en GDPR, deberíamos ver el “origen del dinero” como parte del diseño de producto y no como un asunto administrativo.

Mirando hacia adelante

¿Qué podemos esperar en los próximos años a la luz de estas revelaciones?

En primer lugar, una profesionalización de la due diligence sobre inversores. Lo que antes era un “nice to have” –entender quién hay detrás de un family office o de un vehículo de Islas Caimán– va a ser cada vez más un requisito para cerrar rondas grandes, especialmente en sectores estratégicos. Veremos más procesos tipo KYC/AML aplicados a los propios inversores, no solo a los clientes.

En segundo lugar, más periodismo de datos y más coordinación entre autoridades. Los correos de Epstein y Stern son una mina para cruzar información con registros mercantiles, SPACs, fondos cotizados. Es ingenuo pensar que todos los intermediarios turbios ya han salido a la luz.

En tercer lugar, cabe esperar presión política. En la UE ya se debate cómo evitar que capital de países con marcos legales muy distintos controle tecnologías críticas. En América Latina, donde muchas infraestructuras estratégicas se han financiado con capital extranjero poco transparente, el tema volverá al Congreso y a los medios cada vez que haya un nuevo escándalo.

Para los fundadores hispanohablantes, todo esto abre también una oportunidad: diferenciarse por transparencia. Un deck que, además de métricas y roadmap, incluye un esquema claro de quién posee qué, de qué derechos especiales tienen los primeros inversores y de qué tipo de LPs alimentan al fondo principal, no es ingenuo; es una ventaja competitiva en un mercado cansado de sorpresas desagradables.

Conclusión

Los archivos Epstein sobre startups de vehículos eléctricos no condenan a la tecnología ni a la transición verde, sino a una cultura que normalizó el capital opaco como combustible neutro para el crecimiento. Que parte del ecosistema de Silicon Valley estuviera dispuesta a orbitar alrededor de un depredador condenado a cambio de acceso a deals debería hacer sonar todas las alarmas en Europa y América Latina. La pregunta que queda en el aire es sencilla y brutal: en plena fiebre por la IA, ¿vamos a repetir el mismo patrón con nuevos nombres y mejores powerpoints, o vamos a aprovechar esta vez para poner límites claros a quién dejamos sentarse en nuestra mesa de capitalización?

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