Mientras buena parte del mundo asocia las interfaces cerebro‑ordenador (BCI) con las demos de Neuralink, China está haciendo algo menos vistoso pero quizá más trascendental: convertir la neurotecnología en política industrial. Laboratorios, fabricantes de chips, hospitales y aseguradoras públicas empiezan a alinearse alrededor de un mismo objetivo.
Si las BCI se convierten en la próxima gran interfaz entre humanos y sistemas de IA, no solo estará en juego quién lanza el gadget más espectacular, sino quién controla el estándar, los datos y la regulación. China se está moviendo deprisa para no depender de nadie en ese terreno.
A partir de la información publicada por TechCrunch, este análisis explora qué está pasando en China, cómo encaja en la carrera global por la neurotecnología y qué implicaciones tiene para Europa y el mundo hispanohablante.
La noticia en breve
Según TechCrunch, la industria china de interfaces cerebro‑ordenador está pasando de la fase de investigación al escalado comercial. Un conjunto creciente de startups desarrolla tanto BCI invasivas (con implantes) como no invasivas (cascos EEG, ultrasonidos), apoyadas por una fuerte política pública, abundancia de pacientes para ensayos clínicos y un aumento notable de la inversión.
El medio destaca la figura de Phoenix Peng, cofundador de NeuroXess (implantes flexibles) y fundador de Gestala, centrada en BCI por ultrasonido. Su tesis: en los próximos tres a cinco años las aplicaciones se concentrarán en salud, con un mercado de varios miles de millones de dólares a medida que los dispositivos se incluyan en el seguro médico nacional.
En agosto de 2025 el ministerio de industria y otras agencias publicaron una hoja de ruta con metas técnicas para 2027 y una cadena de suministro completa para 2030. En diciembre, en una feria en Shenzhen, se anunció un fondo de ciencias del cerebro de 11.600 millones de yuanes para apoyar a empresas desde la investigación hasta la comercialización.
Medios citados por TechCrunch sitúan el mercado BCI chino en unos 3.800 millones de yuanes en 2025, con proyecciones por encima de 120.000 millones de yuanes en 2040.
Por qué importa
Los ganadores más evidentes son las startups chinas de BCI y todo el tejido industrial que las rodea. Pero la cuestión estratégica es más amplia: si China consolida esta ventaja, puede condicionar cómo se conectan nuestros cerebros a la IA en las próximas décadas.
Hasta ahora, el relato lo marcan sobre todo empresas estadounidenses: Neuralink, Synchron, Paradromics. Ellas acaparan la atención mediática y los primeros ensayos pioneros en humanos. China, en cambio, busca algo menos glamuroso pero más estructural: integrar las BCI en su sistema sanitario y en su base industrial, con apoyo explícito del Estado.
Eso le da tres armas importantes:
- Datos clínicos a gran escala. Un seguro médico nacional, grandes centros hospitalarios y costes de investigación relativamente bajos permiten acumular muchos más pacientes en menos tiempo. Para los modelos de IA que interpretan señales neuronales, esa densidad de datos es una ventaja difícil de replicar.
- Capacidad de fabricación. China ya domina la producción de sensores, chips y hardware médico. Llevar un prototipo de laboratorio a un dispositivo robusto y barato es justo el tipo de problema que su industria sabe resolver.
- Coordinación regulatoria. Cuando ministerios y gobiernos regionales fijan pronto estándares técnicos y tarifas de reembolso, los hospitales saben a qué atenerse y los fondos, tanto públicos como privados, invierten con menos incertidumbre.
En el corto plazo, todo esto se traduce en mejores opciones para pacientes con parálisis, ictus, dolor crónico o depresión resistente. A medio y largo plazo, el impacto es geopolítico: si los protocolos chinos se convierten en estándar de facto, podrán exportarse junto con el hardware y la nube que gestionan las señales cerebrales.
La narrativa habitual habla de una China persiguiendo a Estados Unidos en software de IA. En BCI la jugada va más allá: intentar controlar la capa física y de datos sobre la que se construirán futuras experiencias de IA directamente en el cerebro.
El panorama más amplio
La apuesta china por las BCI no es un movimiento aislado; encaja con tres tendencias claras.
Primera: repite el patrón visto en paneles solares, baterías y vehículos eléctricos. Identificar un sector emergente, movilizar políticas de apoyo, construir capacidad industrial y, una vez logrado el volumen, salir al exterior con precios y escala difíciles de igualar. Con BCI el proceso será más lento por la regulación médica, pero la lógica es la misma.
Segunda: la carrera de la IA se está desplazando del puro software al control de los canales de datos. Hasta ahora, el gran activo de las plataformas eran los clics y las interacciones digitales. Las BCI prometen algo mucho más íntimo: intenciones, emociones, quizá recuerdos. Desde la óptica de seguridad nacional, dejar ese acceso en manos de empresas extranjeras es una mala idea.
Tercera: China lleva años reforzando su posición en tecnología médica. Sus empresas empiezan a competir en imagen médica, robots quirúrgicos y diagnósticos avanzados. Las BCI son un paso lógico en ese despliegue: productos regulados, de alto valor, con fuerte efecto tractor sobre chips, software y servicios cloud.
Comparado con Estados Unidos, el reparto de papeles se perfila así: Silicon Valley lidera las hazañas técnicas más llamativas y las primeras autorizaciones de la FDA; China quiere liderar la fase industrial y de adopción masiva. Europa, de momento, mira desde la grada con excelentes papers y pocas fábricas.
La neurotecnología ya vivió oleadas de hype con cascos EEG que prometían controlar videojuegos con la mente y luego se quedaron en curiosidad. Lo que cambia ahora es la combinación de mejores algoritmos de IA para descifrar señales, más poder de cómputo y un contexto geopolítico donde el control de la tecnología se ha vuelto asunto de Estado.
El ángulo europeo e iberoamericano
Para Europa, la aceleración china en BCI es una señal clara de que no basta con hablar de «valores»; hace falta industria. El continente tiene centros de excelencia neurocientífica en Alemania, Francia, Suiza o España, y un tejido potente de medtech. Pero sufre con la transición del prototipo a la producción bajo la estricta regulación de la MDR.
Donde sí va en cabeza es en normas y derechos. El RGPD, el futuro Reglamento de IA y los debates sobre privacidad mental colocan a la UE en una posición influyente. Si mañana una empresa quiere vender un casco BCI en Europa, deberá responder a preguntas incómodas: ¿puede reutilizar los datos para entrenar modelos? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Con qué consentimiento?
TechCrunch apunta que China ya habla de alinearse con estándares internacionales (IEC, ISO, guías de la FDA) y de endurecer el control sobre dispositivos invasivos y los datos que generan. Europa podría usar su mercado como palanca: acceso a cambio de cumplir reglas estrictas sobre neurodatos.
Para los países hispanohablantes hay matices adicionales. España participa en proyectos punteros de neurociencia y tiene hubs como Barcelona muy activos en deep tech. En América Latina, Chile ha sido pionero al incorporar la idea de «neuroderechos» a su debate constitucional, y otros países observan con atención.
La región, sin embargo, corre el riesgo de convertirse solo en mercado de consumo de hardware y servicios neurotecnológicos desarrollados fuera. Sin políticas de apoyo a startups locales, ni capacidad industrial, ni regulación propia, la decisión real será escoger de quién importar el futuro interfaz cerebro‑IA.
Mirando hacia adelante
¿Qué podemos esperar en los próximos cinco años?
1. Dominio temprano en BCI no invasivos. Todo apunta a que China empujará especialmente los sistemas sin cirugía –ultrasonidos, EEG avanzados, combinaciones híbridas–, facilitando su aprobación y reembolso. Eso puede darle una posición muy fuerte en tratamientos para dolor crónico, rehabilitación neurológica y salud mental.
2. Batalla silenciosa por los estándares. Las discusiones en comités de normalización sobre formatos de datos, interoperabilidad o requisitos de ciberseguridad parecerán técnicas, pero definirán quién controla la cadena de valor. China, Estados Unidos y la UE tratarán de inclinar esos estándares hacia sus propios ecosistemas.
3. Éxitos médicos… y el primer gran escándalo. Es razonable esperar resultados clínicos espectaculares para ciertos pacientes, tanto de startups chinas como occidentales. Pero también es probable que veamos el primer caso grave de abuso: un hackeo, un uso laboral intrusivo, una filtración de datos neuronales. La reacción regulatoria a ese episodio marcará el tono del sector.
Para emprendedores e inversores, las BCI seguirán siendo una apuesta de alto riesgo, capital intensivo y plazos largos. Pero el movimiento de China indica que ya no estamos solo en la fase de laboratorio: empiezan a aparecer códigos de reembolso, estándares y cadenas de suministro.
La conclusión
China está aplicando a la interfaz cerebro‑ordenador la misma receta que a las renovables y los coches eléctricos: visión de Estado, músculo industrial y capital paciente. Quien crea que el futuro de la neurotecnología se decidirá solo en Silicon Valley o en los laboratorios europeos no está mirando el mapa completo.
Para Europa y para el mundo hispanohablante, la elección es clara: o se participa activamente en definir tecnologías, estándares y neuroderechos, apoyando a actores propios, o se acaba importando no solo dispositivos, sino también reglas. Cuando la interfaz entre cerebro y IA se vuelva cotidiana, ¿de qué país querrá depender usted?



