Freeform y la fábrica de láseres: cuando la IA deja de ser solo software
Llevamos años escuchando que «el software se está comiendo el mundo», pero la mayor parte de la revolución de la IA ha ocurrido en pantallas, no en fábricas. El nuevo levantamiento de 67 millones de dólares de Freeform apunta justo a ese vacío: una planta de impresión 3D metálica controlada por GPUs que promete producir toneladas de piezas como si fueran peticiones a una API. En este análisis veremos qué está construyendo realmente Freeform, por qué Nvidia apuesta por ello, cómo encaja en la ola de «manufactura como servicio» y qué implicaciones tiene para Europa y para los mercados hispanohablantes.
La noticia en breve
Según informa TechCrunch, Freeform, con sede en Los Ángeles, ha cerrado una ronda Serie B de 67 millones de dólares para escalar su plataforma de fabricación metálica mediante impresión 3D. En la operación participan Apandion, AE Ventures, Founders Fund, Linse Capital, NVentures (el brazo inversor de Nvidia), Threshold Ventures y Two Sigma Ventures. Datos de PitchBook sitúan la valoración de la compañía tras la ronda en unos 179 millones de dólares.
Hoy Freeform opera un sistema llamado GoldenEye, con 18 láseres que funden polvo metálico para crear componentes complejos. El nuevo capital se destinará a Skyfall, una versión de próxima generación que pretende pasar de decenas a cientos de láseres y producir miles de kilos de piezas al día.
Fundada en 2018 por los exingenieros de SpaceX Erik Palitsch y Thomas Ronacher, Freeform se define como «nativa de IA»: combina sensores en sus máquinas con clústeres de GPUs Nvidia H200 in situ para ejecutar simulaciones físicas en tiempo real y optimizar todo el flujo de fabricación. La empresa asegura que ya entrega cientos de piezas «críticas», planea contratar alrededor de 100 personas y ampliar su planta para atender una cartera creciente de pedidos.
Por qué importa
Freeform no es otro taller de prototipado bonito. Su propuesta es convertir la producción de metal de alta precisión en un problema de datos y cómputo, más que de mano de obra y maquinaria.
Los sistemas convencionales de impresión 3D metálica son caros, delicados y poco adecuados para grandes volúmenes. Por eso son habituales en aeroespacial o implantes médicos, pero casi irrelevantes en chasis de automoción, ferrocarril o grandes infraestructuras. El mensaje de Freeform es claro: si sobreinviertes en sensórica, modelos de simulación y control de procesos —y los haces correr en GPUs potentes— puedes empujar el rendimiento y la repetibilidad hasta competir en coste con procesos tradicionales para muchas más piezas.
¿Quién gana si esto funciona?
- Sectores de alto rendimiento y alta mezcla: espacio, defensa, robótica, energía, vehículos eléctricos. Obtienen ciclos de desarrollo más cortos y menos dependencia de proveedores dispersos.
- Nvidia y el ecosistema de hardware de IA: es otra demostración de que las GPUs también sirven para cargas de trabajo físicas que generan ingresos industriales directos.
- Startups de manufactura basada en software: Hadrian (CNC), VulcanForms y Divergent (impresión metálica) ven reforzada la narrativa de que «IA + fábricas» es una categoría de inversión seria.
En el lado perdedor pueden quedar:
- Talleres tradicionales que compiten casi exclusivamente en precio por hora o por relaciones históricas.
- Fabricantes de maquinaria industrial cuyo modelo se basa en vender equipos cerrados, no en operar plataformas de producción conectadas y ricas en datos.
A corto plazo, el efecto es sobre todo de confianza: el capital riesgo vuelve a apoyar hardware caro y con plazos largos, siempre que el foso defensivo esté en el software y los datos, no solo en el hierro.
El panorama más amplio
Freeform se sitúa en el cruce de tres tendencias: el diseño de ingeniería impulsado por IA, la externalización de fábricas en forma de servicios tipo cloud y la presión geopolítica por reconfigurar cadenas de suministro.
En los últimos cinco años, los gemelos digitales y las simulaciones se han convertido en herramientas habituales en automoción, energía y construcción. Lo que Freeform intenta es llevar esa lógica dentro del propio proceso productivo: mantener un «gemelo vivo» de la pieza durante la fabricación, alimentado por sensores capa a capa. Es pasar de usar modelos para aprobar diseños a usarlos para corregir la producción en tiempo real.
En paralelo, se consolida la idea de «manufactura como servicio». Hadrian automatiza el mecanizado para defensa y aeroespacial; VulcanForms y Divergent lo hacen con impresión metálica; los grandes EMS como Foxconn o Flex son la versión electrónica de lo mismo. Freeform quiere ser, básicamente, un endpoint para piezas metálicas de alto valor: mandas un archivo CAD y recibes hardware certificado, mientras la IA se encarga de elegir parámetros, garantizar calidad y maximizar la productividad de las máquinas.
Históricamente ya hemos visto revoluciones similares, aunque sin tanta IA. En los años 80 y 90, Japón y Alemania tomaron ventaja con robótica, Lean y control estadístico de procesos. La diferencia ahora es la resolución de los datos: donde antes se seguían unas pocas variables clave, una plataforma como Freeform puede monitorizar miles de señales y retroalimentarlas a modelos que se reentrenan de forma continua.
Frente a competidores, la seña de identidad de Freeform es abrazar sin complejos la infraestructura de IA como núcleo del producto. VulcanForms también presume de enfoque «data‑heavy», mientras que Divergent integra impresión en una fábrica digital completa para chasis y estructuras. La carrera la ganará quien convierta mejor terabytes de telemetría de láseres y charcos de fusión en una ventaja de coste sostenible.
El ángulo europeo e hispano
Para Europa, no es una curiosidad de Silicon Valley: toca de lleno la base industrial del continente.
Alemania, Italia, España o Francia viven en gran medida de piezas metálicas de precisión para automóvil, aeronáutica, maquinaria y energía. Muchas de estas cadenas ya se están moviendo hacia Europa del Este, Turquía, Marruecos o México por costes. Una capa de fabricación metálica de alto rendimiento impulsada por IA podría ser una herramienta clave para retener el diseño avanzado y las series pequeñas de alto valor en territorio europeo, incluso si el volumen masivo se desplaza.
La regulación va a ser determinante. El Reglamento de IA de la UE clasificará los sistemas utilizados en productos de seguridad crítica como «alto riesgo», con exigencias de trazabilidad, documentación y supervisión humana. Cualquier plataforma tipo Freeform que venda piezas para aeronáutica, sanidad o energía en Europa deberá demostrar cómo sus modelos toman decisiones y cómo se valida cada lote. Y si los datos de planta incluyen información personal de trabajadores, el GDPR entra en juego.
En el mundo hispanohablante hay dos planos. Por un lado, España, con polos industriales en automoción (Navarra, Aragón, Castilla y León, Cataluña) y energía, tiene mucho que perder si la capa «inteligente» de la fabricación se queda en EE. UU. Por otro, América Latina —México, Brasil, el norte de Argentina— se está posicionando como alternativa de nearshoring para Estados Unidos. Startups industriales en Ciudad de México, Monterrey, São Paulo o Buenos Aires podrían aprovechar modelos tipo Freeform para ofrecer fabricación avanzada sin repetir los errores de industrialización pesada del siglo XX.
Europa ya cuenta con actores fuertes en impresión 3D metálica como EOS, Trumpf, SLM Solutions o Materialise. La cuestión es si seguirán centrados en vender máquinas y software o si darán el salto a operar nubes de fabricación propias, al estilo Freeform.
Mirando hacia adelante
Los próximos 2–3 años dirán si Freeform es una anécdota bien financiada o el primer prototipo de la fábrica del futuro.
En lo técnico, el hito es Skyfall: orquestar cientos de láseres sin perder calidad ni trazabilidad es extremadamente complicado. Si Freeform demuestra rendimientos estables de miles de kilos al día, ya no estaremos hablando solo de aeroespacial boutique, sino de una alternativa real para una fracción de las piezas que hoy salen de fundiciones y centros de mecanizado.
En lo comercial, hay dos indicadores clave: el tipo de cliente y el tipo de contrato. ¿Son casi todos startups de espacio y defensa financiadas por venture capital, o empiezan a aparecer OEMs de automoción, energía y maquinaria con compromisos plurianuales de capacidad? Lo segundo significaría que la manufactura como servicio empieza a ser parte estructural de la cadena de suministro.
Quedan incógnitas: ¿hasta qué punto es defensable la ventaja de datos cuando todos los grandes actores pueden llenar sus máquinas de sensores? ¿Qué dirán los reguladores cuando un sistema de IA cambie en tiempo real parámetros de producción para piezas de un misil o una turbina eólica? ¿Y habrá suficiente talento híbrido —ingenieros mecánicos con cultura de datos, especialistas en materiales que sepan de redes neuronales— para escalar este modelo?
Para lectores en España y América Latina, merece la pena observar si surgen proyectos similares cerca de los grandes polos industriales. Un Freeform «made in Zaragoza», «made in Monterrey» o «made in Campinas» podría ser la diferencia entre liderar la próxima ola de industrialización o limitarse a ensamblar piezas diseñadas y optimizadas desde otros continentes.
En resumen
La ronda de Freeform no va solo de otro impresor 3D llamativo, sino de un cambio de poder: de los talleres y fabricantes de maquinaria hacia plataformas de datos que tratan la producción como un flujo continuo optimizado por GPUs. Si las fábricas nativas de IA se imponen, los países y empresas que controlen esa capa capturarán una parte desproporcionada del valor industrial. La pregunta para el mundo hispanohablante es clara: ¿queremos que la inteligencia de nuestras fábricas se ejecute en nuestros propios centros de datos o en los de otros?



