Las gafas con IA son la nueva apuesta de Meta. ¿De verdad sustituirán al móvil?

29 de enero de 2026
5 min de lectura
Persona con gafas inteligentes discretas caminando por una ciudad europea

1. Titular e introducción

Mark Zuckerberg ha encontrado un nuevo futuro al que aferrarse. Tras quemar miles de millones en el metaverso, ahora asegura que es “difícil imaginar” un mundo en el que la mayoría de las gafas no lleven inteligencia artificial integrada. No es solo una frase para animar a los inversores: es el plan de Meta para controlar la próxima gran plataforma informática, tan cerca de tu vida diaria como tu propia cara.

En este análisis vamos a desgranar qué ha dicho realmente Meta, por qué Apple, Google y hasta OpenAI se han lanzado a por las gafas inteligentes, qué implicaciones tiene para Europa y América Latina, y hasta qué punto la comparación con la revolución del smartphone es creíble.


2. La noticia en breve

Según informa TechCrunch, Mark Zuckerberg aprovechó la presentación de resultados de Meta del cuarto trimestre de 2025 para remarcar que las gafas inteligentes con IA serán el próximo dispositivo masivo. Meta está desviando inversión de su apuesta por el metaverso hacia wearables de IA y el desarrollo de modelos propios.

Zuckerberg recordó que miles de millones de personas ya usan gafas o lentillas, y comparó el momento actual con el paso del “flip phone” al smartphone: para él, es solo cuestión de tiempo que la mayoría de las gafas sean gafas con IA. Meta afirma que las ventas de sus gafas se han triplicado en el último año y las califica como uno de los productos de electrónica de consumo de más rápido crecimiento.

TechCrunch señala que Meta va por delante en el mercado de gafas de consumo, pero los rivales se mueven rápido. Google prepara gafas en colaboración con Warby Parker, Apple estaría reasignando personal de Vision Pro a su propio proyecto de gafas, Snap ha separado sus Spectacles en una nueva filial y OpenAI explora wearables de IA como pines o auriculares.


3. Por qué importa

El debate no va de gafas, va de quién controla la interfaz con la inteligencia artificial. Hoy hablamos con los modelos a través de pantallas y teclados; con gafas de IA, la máquina pasa a ser un acompañante constante que ve y escucha lo mismo que nosotros. El dueño de esa capa controla el contexto… y la relación con el usuario.

Si la visión de Zuckerberg se cumple, los grandes ganadores serán las empresas capaces de combinar tres elementos: modelos de IA potentes, experiencia en hardware de consumo y acceso a canales de moda y óptica. Eso limita bastante la lista a Meta, Apple y tal vez Google. El resto –desde fabricantes de móviles hasta marcas de gafas tradicionales– corre el riesgo de convertirse en simple carcasa física para la IA de otros.

En el lado perdedor pueden quedar la privacidad y la convivencia social. Llenar calles, oficinas y aulas de cámaras y micrófonos siempre activos es la pesadilla del regulador y del ciudadano receloso. El rechazo que hundió a Google Glass hace una década volverá con fuerza, esta vez con gafas capaces de reconocer personas, resumir conversaciones y extraer datos delicados en tiempo real.

A corto plazo, sin embargo, las gafas de IA seguirán siendo un producto de nicho. Los casos de uso más sólidos hoy están en deporte y fitness, trabajadores de campo, creadores de contenido y accesibilidad (transcripción en vivo, lectura de carteles, guía para personas con baja visión). La frase de que “la mayoría de las gafas serán de IA en unos años” suena más a relato optimista para Wall Street que a previsión realista de adopción.

Aun así, la dirección es clara: la siguiente ola de IA vivirá menos en el navegador y más en dispositivos que llevamos encima, muy especialmente en la cara y en los oídos.


4. El contexto amplio

El giro hacia las gafas con IA encaja en una tendencia más grande: la retirada silenciosa del metaverso total hacia formas más ligeras de “computación espacial”. Apple, con Vision Pro, marcó una pauta: realidad mixta como complemento del iPhone o el Mac, no como sustituto de la vida física. Las gafas –que se parecen a unas Ray‑Ban o unas Oakley normales– son la continuación lógica de ese enfoque.

La historia también avisa. Google Glass fracasó en 2013–2014 por una mezcla de mala batería, diseño poco atractivo y rechazo social frontal. Las Spectacles de Snap encontraron su hueco entre creadores, pero no pasaron de juguete. ¿Qué cambia ahora? La madurez de la IA: unas gafas ya no necesitan interfaces holográficas; basta con buenos micrófonos, cámara discreta y un asistente capaz de entender el mundo a tu alrededor.

En paralelo, experimentos como el Humane AI Pin recuerdan que lanzar hardware “sin pantalla” no basta para crear una categoría. Si el dispositivo es caro, incómodo y no encaja en los hábitos diarios, el mercado lo castiga muy rápido.

Frente a eso, las gafas tienen dos ventajas enormes: son culturalmente aceptadas y millones de personas las necesitan por salud visual. Ésa es la gran apuesta de Meta y compañía: enganchar la IA a algo que la gente ya está dispuesta a llevar.

A nivel estratégico, el tablero se parece mucho al de los inicios del smartphone. Apple buscará el máximo control vertical, Google intentará repetir el modelo Android, Meta quiere escapar de la dependencia de las tiendas de apps ajenas y OpenAI necesita algún formato físico en el que sus modelos sean protagonistas.


5. El ángulo europeo y latinoamericano

En Europa, las gafas con IA no son solo un nuevo gadget; son un choque directo con el marco regulatorio más estricto del mundo. El RGPD, la Ley de Servicios Digitales (DSA), la Ley de Mercados Digitales (DMA) y el futuro Reglamento de IA dibujan un entorno muy exigente para cualquier dispositivo que capture datos personales de forma continua.

Cámaras y micrófonos siempre activos en espacios públicos plantean preguntas inmediatas: ¿quién es el responsable del tratamiento?, ¿con qué base legal se graba a terceros?, ¿cómo puede un ciudadano oponerse en la práctica? El Reglamento de IA probablemente clasificará funciones como la identificación biométrica en tiempo real o la inferencia de emociones en público como alto riesgo o incluso prohibidas.

La cultura de privacidad europea, y la desconfianza histórica hacia Meta, dan ventaja relativa a Apple y Google, que pueden insistir en el procesamiento local y en limitar ciertos usos intrusivos. Al mismo tiempo, ópticas y marcas europeas podrían convertirse en filtro de facto: decidirán qué modelos entran en sus escaparates de Madrid, Berlín o Ciudad de México.

En el mundo hispanohablante fuera de Europa, el panorama es más variado. Países como Brasil (con la LGPD) o México avanzan en regulación, pero el enforcement es desigual. Esto puede convertir a grandes ciudades como Ciudad de México, Bogotá o Buenos Aires en laboratorios donde probar estos dispositivos antes de chocar con la dureza regulatoria europea.


6. Mirando hacia adelante

¿Qué podemos esperar en los próximos años?

  • Crecimiento por nichos: primero empresas y profesionales (logística, mantenimiento, sanidad, turismo, industria), luego creadores y usuarios avanzados.
  • Batalla por el diseño: si las gafas no parecen normales, se quedarán en juguete geek. Aquí las alianzas con marcas de moda y ópticas serán clave.
  • Conflictos legales visibles: prohibiciones en escuelas y edificios públicos, casos mediáticos sobre grabaciones no consentidas, primeras multas ejemplares en la UE.
  • Transición hacia IA en el borde: cuanto menos vídeo salga del dispositivo, mejor. Los modelos eficientes en el propio hardware serán una ventaja competitiva.

El calendario de Zuckerberg, que habla de “unos pocos años” hasta que la mayoría de las gafas tengan IA, parece poco realista. Un horizonte más razonable sitúa la normalización de estas gafas –verlas en la calle sin que llamen la atención– hacia finales de la década, siempre que no haya un escándalo mayúsculo de privacidad que frene en seco la categoría.

Para España y América Latina, la clave será doble: por un lado, el poder adquisitivo (unas gafas de 400–500 euros no son producto masivo en muchos países); por otro, la capacidad de los reguladores para proteger derechos sin bloquear por completo la innovación.


7. Conclusión

Zuckerberg acierta en la dirección, pero se equivoca en la velocidad. Es muy probable que la interacción con la IA se desplace poco a poco del móvil a dispositivos que llevamos puestos, y que las gafas inteligentes sean una categoría relevante. Pero transformar “la mayoría de las gafas” en gafas con IA en pocos años choca con la realidad social, económica y regulatoria, especialmente en Europa.

Por ahora, conviene mirar estas gafas como un experimento con potencial, no como un destino inevitable. La pregunta clave no es si Meta y compañía pueden fabricarlas, sino si tú –y tu entorno– aceptaréis vivir en un mundo donde casi cualquier mirada puede estar siendo grabada y analizada.

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