Titular e introducción
Los creadores ya no se conforman con vivir de AdSense y colaboraciones puntuales: quieren construir imperios. Cuando la empresa de MrBeast puede comprar una fintech y su marca de chocolate factura más que su brazo mediático, la economía de los creadores entra en otra fase. La audiencia deja de ser solo un activo publicitario y se convierte en palanca para comprar infraestructura. Este giro no se quedará en Estados Unidos ni en el top 1% de YouTubers; tendrá impacto en Europa y en el mundo hispanohablante, desde Madrid hasta Ciudad de México. Veamos qué hay realmente detrás de este movimiento y qué oportunidades —y riesgos— abre.
La noticia en breve
Según el podcast Equity de TechCrunch, la economía de los creadores está evolucionando rápido más allá de los anuncios y los patrocinios clásicos. Los presentadores analizan cómo los youtubers y tiktokers con más audiencia están lanzando líneas de productos físicos, construyendo marcas propias e incluso adquiriendo startups.
El ejemplo central es MrBeast (Jimmy Donaldson). TechCrunch cuenta que su compañía ha comprado la fintech Step, mientras que su marca de chocolatinas Feastables ya genera más ingresos que la parte mediática del negocio. Los conductores del programa interpretan este caso como parte de una tendencia mayor: los creadores buscan modelos de negocio más estables, menos dependientes de los algoritmos y de la volatilidad publicitaria.
En la misma emisión también comentan otros temas —desde una app de citas para universitarios hasta la apuesta de India por la infraestructura de IA—, pero la gran pregunta en clave creator es si este modelo de “creador‑conglomerado” puede escalar más allá de unas pocas superestrellas.
Por qué importa
El guion tradicional del creador era sencillo: crecer en seguidores, monetizar con anuncios, colaboraciones de marca y algo de merchandising. Pero es un guion frágil. Los presupuestos de marketing se recortan, las plataformas cambian sus reglas y un cambio en el algoritmo puede hundir ingresos de un mes a otro. Migrar hacia productos propios y adquisiciones es, en el fondo, una estrategia de diversificación y control.
Para los creadores más grandes, el upside es brutal. En vez de alquilar su audiencia a terceros, se convierten ellos mismos en marca propietaria. Que la empresa de MrBeast compre una fintech como Step no es solo una curiosidad: es una señal de que la distribución —la capacidad de llegar a millones de personas de forma directa— vale lo suficiente como para justificar la compra de negocios regulados e intensivos en capital. Que Feastables gane más dinero que su canal de YouTube confirma dónde están los márgenes: no en el vídeo, sino en el producto que el vídeo mueve.
¿Quién pierde? Una parte de las marcas tradicionales y también algunos startups. Una bebida energética o una chocolatina respaldada por un creador con cientos de millones de seguidores puede entrar en supermercados en cuestión de meses, algo casi imposible para una marca desconocida sin invertir fortunas en marketing. Las fintech que antes contrataban influencers para campañas pueden descubrir que ahora son ellas el objetivo de adquisición.
El cambio trae también nuevos problemas. Operar una empresa de alimentación o financiera implica calidad, logística, cumplimiento normativo y atención al cliente. Nada de eso se resuelve con un viral en TikTok. Los creadores que se queden en la superficie «marketinera» corren el riesgo de quemar capital y credibilidad. Y para la clase media de creadores, el listón sube: el mercado espera productos mejores, pero su ventaja en distribución es mucho menor.
El panorama más amplio
Lo que vemos con MrBeast no es una anécdota aislada, sino la continuación lógica de una década de experimentos. Ya hemos visto a creadores lanzar marcas de café, cosméticos, ropa o bebidas energéticas que compiten de tú a tú con multinacionales. En el mundo hispanohablante, streamers como Ibai Llanos han montado clubes de eSports y eventos deportivos de gran escala; otros han lanzado líneas de ropa y colaboraciones en alimentación.
La novedad es el salto de “producto” a “infraestructura”. Comprar una fintech implica lidiar con regulación financiera, riesgos de fraude, sistemas tecnológicos complejos. Es un nivel de responsabilidad muy distinto a sacar una colección de sudaderas.
En esta nueva fase confluyen tres fuerzas:
- Medios – los creadores controlan la atención y la narrativa.
- Marcas y servicios financieros – las empresas tradicionales controlan la cadena de valor y las licencias.
- Capital riesgo – busca historias de crecimiento con distribución incorporada.
Como apunta TechCrunch, el caso Step invierte el modelo DTC clásico: antes, el startup gastaba en publicidad para conseguir clientes; ahora, la empresa del creador parte de una base de clientes potenciales enorme y luego compra o construye el producto adecuado debajo.
En paralelo, las grandes marcas se adaptan. Las de consumo exploran productos cocreados con influencers; las fintech diseñan programas de referidos y cuentas co‑brandeadas. Herramientas como Shopify, impresiones bajo demanda y, cada vez más, IA generativa permiten que un creador mediano monte su propia marca en semanas. Pero eso no garantiza lugar en la estantería del supermercado ni en la pantalla de inicio del móvil.
Todo apunta a un mercado dual: unos pocos conglomerados liderados por creadores con alcance masivo, conviviendo con gigantes tradicionales, y debajo un océano de proyectos de nicho con aspiraciones limitadas.
El ángulo europeo e hispanohablante
En Europa, este movimiento se cruza con un marco normativo mucho más estricto que el estadounidense. Y eso afecta tanto a los creadores europeos como a los que quieran operar aquí desde fuera.
La Unión Europea viene endureciendo su regulación con el RGPD, la Ley de Servicios Digitales (DSA), la Ley de Mercados Digitales (DMA) y, en camino, la Ley de IA. Cuando un creador pasa de vender camisetas a ofrecer cuentas de pago, tarjetas o productos de inversión, entra en terrenos supervisados por bancos centrales y autoridades financieras nacionales.
El DSA exige mayor transparencia en publicidad y recomendaciones; el RGPD limita el uso de datos de audiencia para segmentar y cruzar productos; la futura regulación de IA podría imponer obligaciones adicionales si hay scoring automatizado o recomendaciones «inteligentes». Para un creador español o latino que quiera lanzar una fintech en la UE, esto significa que necesitará socios serios de compliance, no solo una buena campaña en redes.
En el mundo hispanohablante hay, además, una dualidad: España comparte el marco comunitario europeo, mientras que en América Latina coexisten mercados enormes (México, Brasil, Argentina, Colombia) con regulaciones muy dispares y, a menudo, más laxas, pero también con mayor riesgo político y económico. Allí, los creadores pueden moverse más rápido, pero también se exponen a productos financieros de peor calidad y a crisis de confianza si algo sale mal.
Mirando hacia adelante
¿Qué podemos esperar en los próximos años? Seguramente más experimentos ambiciosos, pero también más fracasos visibles. No todos los creadores están preparados para convertirse en operadores de negocio a tiempo completo.
Algunas tendencias probables:
- Estructuras empresariales complejas – los grandes creadores montarán holdings con varias marcas y equipos ejecutivos profesionales; el «creador» será casi más presidente del grupo que youtuber.
- Alianzas para el segmento medio – creadores de tamaño medio se unirán en colectivos para lanzar productos de forma conjunta, repartiendo riesgo y beneficio.
- Primeros golpes regulatorios – veremos casos en los que autoridades de consumo o financieras sancionen campañas o productos impulsados por creadores, lo que obligará a profesionalizar los procesos.
Quedan preguntas abiertas: ¿qué ocurre cuando una fintech de un creador tiene una brecha de datos o un problema de solvencia? ¿Responderá solo la empresa o también la reputación personal del influencer? ¿Cuántos de ellos seguirán queriendo jugar a ser empresarios cuando descubran lo poco glamuroso que es lidiar con auditorías, quejas y hojas de reclamaciones?
Para fundadores y marketers en España y Latinoamérica, la lección es clara: trabajar con creadores ya no es solo «hacer publicidad», sino potencialmente diseñar negocios compartidos. Y eso exige otra mentalidad en cuanto a gobierno corporativo, reparto de equity y gestión de riesgos.
Conclusión
Los creadores que se convierten en conglomerados no son una moda pasajera, sino la nueva fase de madurez de la economía de la influencia. El movimiento de MrBeast hacia la banca digital, tal y como destaca TechCrunch, demuestra que la distribución puede comprar infraestructura, no solo vender anuncios. Es una oportunidad enorme, pero también una fuente de responsabilidad y fricción regulatoria, especialmente en Europa. La pregunta que definirá la próxima década no es quién acumula más vistas, sino quién es capaz de transformar esa atención en instituciones sólidas sin romper el vínculo de confianza con su comunidad.



