La mega ronda de 100.000 millones de OpenAI no va de dinero, va de poder
Que una empresa de IA todavía no rentable aspire a una valoración superior a 850.000 millones de dólares suena a exceso incluso para Silicon Valley. Pero fijarse solo en la cifra es perderse lo importante. La posible ronda de más de 100.000 millones de dólares de OpenAI es, sobre todo, un movimiento para decidir quién controlará la infraestructura y la distribución de la inteligencia artificial en la próxima década. En este análisis veremos qué hay detrás del acuerdo, quién gana, quién pierde y por qué Europa y el mundo hispanohablante deberían prestarle atención.
La noticia en pocas líneas
Según recoge TechCrunch, citando a Bloomberg, OpenAI está cerca de cerrar una ronda de financiación superior a los 100.000 millones de dólares. La operación situaría la valoración de la compañía por encima de los 850.000 millones, con una valoración previa (pre‑money) en torno a los 730.000 millones.
Los primeros tramos procederían de los sospechosos habituales: Amazon (que podría aportar hasta 50.000 millones), SoftBank (unos 30.000 millones), Nvidia (unos 20.000 millones) y Microsoft. Más adelante entrarían fondos de capital riesgo y fondos soberanos, lo que podría elevar la cifra total.
El contexto: OpenAI sigue quemando grandes cantidades de efectivo mientras avanza hacia la rentabilidad. Para acelerar ingresos, la empresa ha empezado a probar anuncios en la versión gratuita de ChatGPT, una apuesta que puede disparar la facturación o espantar a parte de los usuarios. TechCrunch destaca que esta ronda se estaría cerrando a una valoración incluso mayor de la que se manejaba inicialmente.
Por qué importa
Una valoración por encima de los 850.000 millones coloca a OpenAI en la misma conversación que los gigantes históricos de la tecnología, pese a tener menos de una década de vida y un modelo de negocio aún en construcción. Pero la clave está en el perfil de los inversores y lo que, en realidad, están comprando.
Para OpenAI, la ventaja es obvia: acceso a capital casi ilimitado para asegurarse GPUs, construir centros de datos, fichar talento global y adquirir competidores antes de que crezcan demasiado. También gana margen de maniobra: con 100.000 millones en la recámara, el ritmo de quema de caja deja de ser un reloj de arena angustioso.
Para los inversores, es un movimiento de posicionamiento estratégico:
- Microsoft refuerza el anclaje de OpenAI a Windows, Office, GitHub y Azure, e impide que se integre profundamente con nubes rivales.
- Amazon protege AWS y su propia apuesta en IA asegurándose acceso prioritario a uno de los modelos más avanzados del mercado.
- Nvidia se garantiza un cliente colosal y recurrente para sus chips, en un momento en el que la producción es un cuello de botella.
- SoftBank busca un nuevo activo emblemático tras el irregular legado del Vision Fund.
¿Quién sale perdiendo? Principalmente, los laboratorios de IA más pequeños y los proyectos open source que difícilmente podrán competir en escala de cómputo e inversión. También los clientes empresariales y gobiernos, que corren el riesgo de quedar cautivos de un puñado de proveedores estadounidenses de modelos fundacionales.
En el corto plazo, podemos esperar una OpenAI más agresiva en monetización: más productos para empresa, integración más profunda con los ecosistemas de Microsoft y Amazon y más experimentos de publicidad y suscripción en ChatGPT.
La foto de fondo
Esta posible ronda es la confirmación de que la IA ha pasado de la fase de laboratorio a la fase industrial. Entrenar modelos frontera ya no es un proyecto de start‑up ligera, sino una obra de infraestructura de decenas de miles de millones, comparable a desplegar redes de telecomunicaciones o plantas energéticas.
Los precedentes son claros: la alianza millonaria previa entre Microsoft y OpenAI, la inversión de varios miles de millones de Amazon en Anthropic, la fulgurante subida de Nvidia en bolsa gracias al boom de GPUs. La diferencia es de escala: si estos números se confirman, OpenAI se convertirá en el símbolo máximo de la concentración de capital en la IA.
Históricamente hemos visto burbujas similares con Internet o las puntocom. La diferencia ahora es que el riesgo no está tan disperso en miles de salidas a bolsa y pequeños inversores, sino concentrado en unos pocos gigantes tecnológicos y fondos soberanos. El gran peligro no es tanto un pinchazo espectacular, sino la consolidación de un oligopolio difícil de revertir.
En el panorama competitivo:
- Anthropic ha levantado miles de millones, pero juega claramente en otra división.
- Proyectos como xAI cuentan con figuras mediáticas y capital abundante, pero no con esta coalición de nube, chips y dinero.
- El ecosistema open source avanza rápido, pero tiene muy difícil competir en acceso a datos, GPUs y capacidad de despliegue global.
El resultado probable es un mercado a dos velocidades: en la cúspide, unos pocos proveedores con infraestructuras masivas y modelos frontera; debajo, una multitud de start‑ups y empresas que construyen valor encima de esas APIs, pero dependen totalmente de ellas.
La batalla ya no va solo de quién tiene el modelo más preciso. Va de quién controla los sistemas operativos, el buscador, la ofimática, la nube, los chips… y, cada vez más, las normas del juego a través de estándares y regulación moldeados por un lobby muy activo.
La perspectiva europea e hispanohablante
Para Europa, esta ronda es un recordatorio incómodo: el núcleo de la infraestructura de IA se está definiendo en Estados Unidos y, en menor medida, en Asia. La UE puede legislar (AI Act, DMA, DSA, GDPR), pero no domina los modelos fundacionales ni las grandes nubes.
Los reguladores europeos se plantearán cuestiones como:
- ¿Encaja una OpenAI hiperfinanciada, fuertemente ligada a Microsoft, en la categoría de «gatekeeper» del Digital Markets Act, directa o indirectamente?
- ¿Cómo se compatibilizan los anuncios personalizados en ChatGPT con el GDPR y las normas de privacidad europeas?
- ¿La integración profunda en Windows y Office genera nuevos problemas de abuso de posición dominante?
Para las empresas europeas y españolas, el balance es mixto. Por un lado, disponer de modelos potentes y relativamente asequibles acelera la innovación: desde pymes industriales en el País Vasco hasta fintechs en Barcelona o Lisboa pueden incorporar capacidades avanzadas sin levantar grandes rondas. Por otro, aumenta la dependencia tecnológica de plataformas estadounidenses.
En el mundo hispanohablante, hay un matiz adicional: el idioma. La demanda de modelos que dominen bien el español –incluyendo variantes latinoamericanas– es enorme. Hoy, la mayoría de las infraestructuras y modelos punteros están en manos de actores estadounidenses. Start‑ups en Ciudad de México, Bogotá o Buenos Aires pueden construir capas de valor local (datos propios, conocimiento sectorial, integración con sistemas nacionales), pero es probable que sigan dependiendo del cómputo y los modelos base de unos pocos proveedores globales.
Esta ronda debería servir de llamada de atención para los proyectos de «soberanía digital» tanto en la UE como en países latinoamericanos: o se apuestan recursos significativos por modelos y nubes propios en nichos claros (sanidad, administración pública, sectores regulados), o la batalla del core de la IA estará perdida por muchos años.
Mirando hacia adelante
Si la ronda se cierra en los términos que se barajan, los próximos 18–24 meses podrían seguir este guion:
- Expansión brutal de infraestructura. OpenAI asegurará contratos de suministro de GPUs a largo plazo, ampliará centros de datos (sobre todo vía nubes asociadas) y volcará recursos en optimización de inferencia.
- Monetización acelerada. Más planes Pro, productos para sectores específicos (educación, finanzas, salud), mayor integración de Copilot en el ecosistema Microsoft y una exploración muy agresiva del modelo freemium con anuncios.
- Respuesta regulatoria. La Comisión Europea, autoridades de competencia y reguladores de privacidad en la UE y Reino Unido examinarán de cerca tanto la estructura accionarial como las cláusulas de exclusividad y los flujos de datos entre productos gratis, anuncios y servicios empresariales.
Quedan muchas preguntas abiertas:
- ¿Podrá OpenAI alcanzar una rentabilidad sostenida sin sacrificar seguridad ni confianza?
- ¿Qué pasará con la alianza de inversores si el crecimiento se ralentiza o la regulación se endurece?
- ¿Aceptarán los gobiernos y grandes empresas depender en gran medida de un único proveedor de modelos?
Para las compañías en España y América Latina, la oportunidad está en construir capas propias encima de estos modelos: datos de calidad, soluciones de nicho, integraciones locales. Pero conviene diseñar desde ya con independencia en mente: compatibilidad multi‑modelo, formatos abiertos, posibilidad real de migrar si las condiciones comerciales cambian.
En resumen
La supuesta ronda de más de 100.000 millones de dólares de OpenAI no es solo una exhibición de capital riesgo, sino un movimiento coordinado de gigantes tecnológicos para asegurarse el control de la infraestructura y la capa de modelos de la era de la IA. Eso puede acelerar la innovación, pero también consolidar un oligopolio difícil de desafiar, especialmente desde Europa y el mundo hispanohablante. La pregunta clave es si aceptaremos ese mapa de poder tal cual, confiando en la regulación, o si veremos apuestas serias por alternativas propias en los próximos años.



