Sora se frena: lo que el tropiezo de OpenAI revela sobre las apps sociales de IA

29 de enero de 2026
5 min de lectura
Teléfono móvil mostrando un feed vertical de vídeos generados por IA con interfaz de red social

Introducción

Durante unas semanas en otoño, Sora parecía el nuevo gran momento de OpenAI: una app de vídeo generativo que subía como un cohete en la App Store y que algunos proclamaban como «la próxima gran red social». Hoy el panorama es muy distinto: las descargas caen, el gasto de los usuarios también y el entusiasmo inicial se diluye.

Ese cambio de tendencia no es solo un problema para OpenAI. Es una señal para todo el sector sobre los límites de las apps virales de inteligencia artificial, y sobre lo difícil que es convertir el efecto sorpresa en un hábito diario.


La noticia en breve

Según TechCrunch, que cita datos de la firma de análisis Appfigures, la app móvil Sora de OpenAI está perdiendo tracción apenas unos meses después de su exitoso lanzamiento en octubre.

La versión para iOS, basada en el modelo de generación de vídeo Sora 2, habría superado las 100.000 instalaciones en su primer día a pesar de requerir invitación, y alcanzó rápidamente el primer puesto de las apps gratuitas en la App Store de Estados Unidos. También llegó al millón de descargas más rápido que la app de ChatGPT. Más tarde llegó la versión para Android.

Sin embargo, Appfigures detecta una caída de alrededor del 32 % en las descargas de diciembre frente a noviembre, en plena temporada navideña, cuando lo normal es lo contrario. En enero de 2026, las instalaciones bajaron otro 45 % aproximadamente, hasta unos 1,2 millones ese mes. El gasto de los usuarios dentro de la app también se redujo en torno a un 32 %, desde un máximo de unos 540.000 dólares en diciembre hasta unos 367.000 dólares en enero.

En total, Sora acumula según TechCrunch unos 9,6 millones de descargas y 1,4 millones de dólares en gasto de consumidores, la mayoría en Estados Unidos. La app ha salido del top 100 de gratuitas en la App Store estadounidense. OpenAI no ha comentado las cifras.


Por qué importa

Lo que pasa con Sora ilustra varias tensiones de fondo en el boom actual de la IA.

Primero: el impacto visual no basta para construir un producto sostenible. Ver cómo una IA genera vídeos casi cinematográficos a partir de texto es impresionante, pero eso no significa que los usuarios quieran hacerlo todos los días. Después de unos cuantos clips extravagantes protagonizados por tus amigos, el caso de uso se agota. En el mercado de consumo, lo difícil no es lograr que la gente pruebe algo nuevo, sino que vuelva al día siguiente. La IA no anula esta realidad.

Segundo: hay un choque directo entre viralidad y cumplimiento normativo. Parte del atractivo inicial de Sora venía de la posibilidad de recrear personajes famosos y universos con derechos de autor. Cuando OpenAI pasó de un enfoque de exclusión (opt‑out) a uno de inclusión explícita (opt‑in) para los titulares de derechos, muchas de las creaciones más compartibles dejaron de ser posibles. El acuerdo posterior con Disney introduce algunos personajes de forma controlada, pero no recupera la energía caótica de los primeros días.

Tercero: OpenAI descubre que en el terreno del consumo masivo no tiene la cancha despejada. TechCrunch señala la presión competitiva de la app Gemini de Google y de las funciones de IA de Meta. Tanto Google como Meta –y podríamos añadir TikTok– tienen algo que OpenAI no tiene: redes sociales consolidadas donde pueden inyectar la generación de vídeo como una función más.

En resumen, Sora evidencia lo difícil que es construir una nueva red social alrededor de una capacidad de IA, mientras los gigantes del sector tratan esa misma capacidad como una commodity que se integra en productos ya adictivos.


El contexto más amplio

El recorrido de Sora encaja en un patrón que ya conocemos: pico de novedad, caída de uso. Lo vimos con los retratos de Lensa AI, con los filtros artísticos de Prisma y con fenómenos como Clubhouse. El guion se repite: mucha curiosidad, muchas descargas, un aluvión de publicaciones en redes… y luego llega la pregunta incómoda: ¿para qué me sirve esto dentro de un mes?

En este caso confluyen varias tendencias:

  1. El vídeo generativo se convierte en commodity. Cuando se mostró Sora 2 por primera vez, sus resultados parecían muy por delante de la competencia. Pero Google, Meta, Runway y otros avanzan deprisa. A medida que la calidad se iguala, mandan la distribución, el ecosistema y la integración con flujos de trabajo existentes. Ahí ganan TikTok, Instagram, YouTube y plataformas similares.

  2. Derechos de autor y regulación pasan al centro del diseño de producto. El giro de Sora hacia un modelo en el que los propietarios de IP deben autorizar activamente el uso de sus contenidos es un aviso para todos. En Europa, además, hay que sumar la Directiva de derechos de autor, las entidades de gestión colectiva y la inminente regulación de la IA. El viejo mantra de Silicon Valley de «ya pediremos perdón luego» sale cada vez más caro.

  3. La gente desconfía de ver su cara en manos de una IA. La función estrella de Sora –ponerte a ti y a tus amigos como protagonistas de vídeos generados por IA– choca con una percepción social cada vez más negativa de los deepfakes. Muchos usuarios no quieren ni imaginar que su imagen pueda ser manipulada y puesta a circular sin control. Esto es especialmente cierto en Europa y en países latinoamericanos con fuerte sensibilidad hacia la privacidad.

Todo apunta a que el papel principal del vídeo generativo será el de capa de herramientas: asistentes de edición, generación de recursos visuales, prototipado rápido de historias… no tanto el de base para una nueva red social pura.


La perspectiva europea e hispanohablante

Visto desde Europa, Sora es un buen ejemplo de cómo la cultura de privacidad y el marco regulatorio condicionan lo que es viable en el mercado.

Bajo el RGPD, los vídeos con rostros identificables son datos personales, potencialmente biométricos. Una app que fomenta subir tu imagen y la de terceros, y permite su remixado extensivo, necesita consentimientos claros, límites de uso y mecanismos de revocación. Eso complica cualquier despliegue masivo en la UE, especialmente en entornos como educación o administración pública.

El futuro Reglamento de IA de la UE probablemente exigirá a las plataformas de contenidos sintéticos transparencia, etiquetado de lo generado por IA y medidas contra los deepfakes dañinos. Una app que mezcla generación de vídeo y funciones sociales podría convertirse en caso de estudio para las autoridades.

En España, y también en mercados latinoamericanos como México, Argentina o Colombia, hay además otro ángulo: el de los creadores y medios locales. Las productoras, agencias y creadores independientes buscan herramientas de IA que no les expongan a riesgos legales con majors de Hollywood ni a problemas de privacidad con su audiencia. Ahí se abre un espacio para soluciones europeas o latinoamericanas que incorporen de serie buenas prácticas legales y culturales.

Para startups de Barcelona, Madrid, Ciudad de México o Bogotá que trabajan con vídeo e IA, Sora es un recordatorio de que el atajo de «viralidad a cualquier precio» –basado en IP dudosa y usos ambiguos de la imagen personal– no es compatible con una estrategia sólida en la región.


Lo que viene

¿Qué puede pasar ahora con Sora?

Lo más razonable sería que OpenAI reoriente la app desde la lógica de red social hacia la de herramienta creativa. Menos énfasis en el feed y los likes, y más en funciones que aporten valor real a creadores y marcas: controles finos, integración con editores de vídeo, exportación fácil a Reels, TikTok y YouTube, plantillas pensadas para publicidad o educación, etc.

Es previsible que veamos más acuerdos de licencia con grandes propietarios de IP, pero eso solo tendrá sentido si se traduce en un modelo de negocio claro. ¿Pagarán los usuarios por modelos de personajes oficiales cuando otros servicios ofrezcan resultados comparables sin ese coste extra? No está nada claro.

Para OpenAI en conjunto, Sora es menos una fuente de ingresos que un laboratorio de interacción: sirve para aprender cómo usan las personas el vídeo generativo y para demostrar las capacidades del modelo subyacente. Incluso si la app se queda en un nicho, es casi seguro que veremos sus funciones incorporadas a ChatGPT, a herramientas ofimáticas y a productos de socios.

Desde la óptica hispanohablante conviene vigilar tres señales:

  • Si OpenAI se toma en serio la localización de Sora (idioma, contenidos, acuerdos con productoras locales).
  • Cómo reaccionan TikTok, Meta y Google en España y Latinoamérica con funciones similares integradas en sus plataformas masivas.
  • Y si empiezan a surgir alternativas de la región –desde startups de IA en México o Chile hasta grupos mediáticos españoles– que ofrezcan vídeo generativo adaptado a nuestro contexto legal y cultural.

Conclusión

El frenazo de Sora no demuestra que el vídeo generativo sea humo, sino que no basta con un truco espectacular para crear un producto duradero. OpenAI intentó lanzar una nueva plataforma social apoyándose en un modelo de IA muy potente, pero se ha topado con tres muros: derechos de autor, privacidad e irrelevancia en la rutina diaria de la mayoría.

La pregunta clave para los próximos años es quién logrará diseñar una experiencia de vídeo con IA que la gente quiera usar cada día –y que al mismo tiempo respete los límites legales y éticos que Europa y buena parte de América Latina consideran irrenunciables.

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