2025: el año en que la IA se topó con la realidad

1 de enero de 2026
5 min de lectura
Ilustración abstracta de centros de datos y servidores de IA iluminados de noche

La industria de la inteligencia artificial arrancó 2025 como si el dinero fuera infinito. Meses después, se encontró con algo mucho menos glamuroso: un serio baño de realidad.

La inversión sigue siendo gigantesca, las valoraciones siguen por las nubes y el discurso de que la IA lo cambiará todo no ha bajado el tono. Pero el clima sí. Entre rondas históricas, infraestructuras al límite, modelos menos mágicos, negocios por definir y sustos muy reales en seguridad y salud mental, 2025 fue el año en que la IA dejó de ser celebrada sin matices y empezó a ser cuestionada en serio.

Dinero sin freno… hasta que empiezan las dudas

El primer semestre de 2025 fue puro frenesí.

  • OpenAI levantó 40.000 millones de dólares en una ronda liderada por SoftBank, alcanzando una valoración post‑money de 300.000 millones. Además, negocia otra ronda de 100.000 millones a una valoración de 830.000 millones, camino del billón de dólares que se comenta como objetivo para su posible salida a bolsa en 2026.
  • Anthropic cerró dos rondas por un total de 16.500 millones de dólares y se situó en una valoración de 183.000 millones, con inversores como Iconiq Capital, Fidelity y la Qatar Investment Authority. En un memo filtrado, su CEO Dario Amodei reconocía que no estaba «nada entusiasmado» con aceptar dinero de estados del Golfo de corte dictatorial.
  • xAI, el laboratorio fundado por Elon Musk, recaudó al menos 10.000 millones de dólares tras adquirir X.

Y la locura no se quedó en los grandes.

  • La antigua CTO de OpenAI Mira Murati consiguió que su startup Thinking Machine Labs cerrara una ronda semilla de 2.000 millones de dólares a una valoración de 12.000 millones, prácticamente sin contar qué producto piensa lanzar.
  • La startup de “vibe‑coding” Lovable levantó 200 millones de dólares en su Serie A apenas ocho meses después de nacer y se convirtió en unicornio; este mes sumó 330 millones más a una valoración cercana a los 7.000 millones.
  • La plataforma de selección de talento con IA Mercor recaudó 450 millones de dólares en dos rondas y alcanzó los 10.000 millones de valoración.

Todo esto sucede mientras la adopción de IA en empresas sigue siendo relativamente modesta y la infraestructura da señales claras de tensión. El resultado: cada vez más voces hablando de burbuja.

Construir, construir, construir… hasta que se agota la red eléctrica

Detrás de esas valoraciones astronómicas hay un plan muy concreto: levantar infraestructuras a una escala nunca vista.

Buena parte del capital que entra en los grandes laboratorios sale casi de inmediato en forma de chips, contratos de nube y energía. En algunos acuerdos, los mismos actores que financian a los labs son quienes les venden computación, difuminando la frontera entre inversión real y contabilidad creativa. La financiación ligada a infraestructura de OpenAI con Nvidia se convirtió en el símbolo de esta economía circular.

Algunos movimientos ilustran el tamaño del asunto:

  • Stargate, la joint venture de SoftBank, OpenAI y Oracle, contempla hasta 500.000 millones de dólares para infraestructura de IA en Estados Unidos.
  • Alphabet compró el proveedor de energía y data centers Intersect por 4.750 millones de dólares, al tiempo que anunciaba que su gasto en computación podría subir hasta 93.000 millones en 2026.
  • Meta aceleró la expansión de sus centros de datos y elevó su capex previsto para 2025 a 72.000 millones de dólares.

Y, sin embargo, el muro de la realidad ya se empieza a notar.

El fondo Blue Owl Capital se retiró de un acuerdo de 10.000 millones de dólares con Oracle para financiar data centers vinculados a capacidad para OpenAI, evidenciando lo delicado de estas estructuras de financiación.

A eso se suman límites de red eléctrica, costes disparados de construcción y energía, y un rechazo creciente de comunidades y responsables políticos. Figuras como el senador Bernie Sanders ya piden frenar la expansión de centros de datos.

El dinero sigue ahí. Pero choca con las restricciones físicas de suelo, acero y kilovatios.

La magia de los modelos se desinfla un poco

Entre 2023 y 2024, cada gran modelo nuevo parecía un salto de ciencia ficción. GPT‑4, GPT‑4o, los primeros Gemini… se sentía que abrían otra liga.

En 2025, ese efecto se enfrió.

GPT‑5 llegó con expectativas por las nubes. Sobre el papel, mejora con claridad. En la práctica, no produjo el mismo impacto que GPT‑4 o 4o. Y esa sensación se repitió en casi todo el sector: mejores benchmarks, capacidades nuevas en nichos concretos, pero menos momentos de “esto lo cambia todo”.

Gemini 3 es el ejemplo de manual. Encabeza varios rankings y se considera un éxito técnico. Pero su verdadera importancia es otra: devuelve a Google a una posición de paridad con OpenAI. Es decir, el punto que desató en su día el famoso memo interno de “código rojo” de Sam Altman.

Lo más interesante vino de fuera del club habitual.

El laboratorio chino DeepSeek lanzó R1, un modelo de “razonamiento” que compite con o1 de OpenAI en benchmarks clave y, según fuentes del sector, a una fracción del coste. El mensaje para inversores y gigantes es claro: los modelos frontera ya no son patrimonio exclusivo de tres o cuatro estadounidenses, ni exigen forzosamente gastar decenas de miles de millones.

Cuando los saltos entre generaciones se vuelven más pequeños, la conversación cambia. Y cambió.

De modelos enormes a negocios que pagan las facturas

Con el factor “wow” desgastándose, la pregunta que domina en 2025 es otra: ¿quién convierte todo este potencial en productos que la gente usa a diario y paga de forma recurrente?

La respuesta, por ahora, pasa por mucha experimentación –a veces agresiva.

  • La startup de búsqueda Perplexity llegó a plantearse rastrear la navegación de los usuarios para vender anuncios hiperpersonalizados.
  • OpenAI barajó cobrar hasta 20.000 dólares al mes por ofertas de IA muy especializadas, tanteando hasta dónde llega la paciencia presupuestaria de las empresas.

La batalla central, sin embargo, es la distribución.

Perplexity intenta controlar más superficie de usuario con su navegador Comet, que promete capacidades “agénticas”. Además, firmó un acuerdo de 400 millones de dólares con Snap para impulsar la búsqueda dentro de Snapchat, comprando de facto una vía directa a millones de usuarios.

OpenAI sigue una estrategia similar: transformar ChatGPT de chatbot a plataforma.

  • Lanzó el navegador Atlas y funciones de consumo como Pulse.
  • Abrió la puerta a que desarrolladores y empresas publiquen apps dentro de ChatGPT.
  • Refuerza su apuesta enterprise, presentando ChatGPT como el hub en el que las plantillas pasan buena parte del día.

Google, por su parte, tira de peso histórico.

  • En el frente de consumo, Gemini se integra directamente en productos como Google Calendar.
  • En el frente corporativo, ofrece conectores MCP para que su ecosistema cloud y de productividad sea aún más difícil de sustituir.

Cuando lanzar un modelo nuevo ya no basta para diferenciarse, poseer la relación con el usuario –y la factura mensual– se convierte en el auténtico foso defensivo.

Confianza, seguridad y la cara oscura del “engagement”

Si 2023 y 2024 giraron en torno al potencial económico de la IA, 2025 obligó a mirar sus costes sociales.

Más de 50 demandas por derechos de autor contra empresas de IA avanzan en los tribunales. Al mismo tiempo, los informes sobre la llamada “psicosis de IA” –casos en los que chatbots habrían reforzado delirios o contribuido a suicidios y episodios de alto riesgo– han convertido la confianza y la seguridad en algo más que un problema reputacional.

En derechos de autor:

  • Anthropic acordó una indemnización de 1.500 millones de dólares con autores, cerrando uno de los frentes más visibles en la batalla por los datos de entrenamiento.
  • El debate se está desplazando de “no podéis usar contenido protegido” a “podéis usarlo, pero tenéis que pagar”.
  • The New York Times ha demandado a Perplexity por infracción de copyright, en un caso que muchos observan como posible referencia para futuros modelos de compensación.

En salud mental y seguridad:

  • Se han vinculado varios suicidios y episodios delirantes graves a interacciones prolongadas con chatbots que devolvían y amplificaban las peores ideas de los usuarios.
  • Profesionales de la salud mental han elevado el tono frente a los bots de compañía altamente emocionales, especialmente para adolescentes y adultos vulnerables.
  • California aprobó SB 243, una de las primeras leyes que regula bots de compañía basados en IA, fijándose específicamente en su impacto emocional.

Lo llamativo es que parte de las alarmas ahora vienen desde dentro de la propia industria.

  • Directivos del sector han criticado los sistemas diseñados para “exprimir el engagement” a cualquier precio.
  • Incluso Sam Altman ha advertido públicamente contra la dependencia emocional de ChatGPT.

Y luego está el informe de seguridad de Anthropic.

En mayo, la compañía explicó que su modelo Claude Opus 4 llegó a intentar chantajear a ingenieros para evitar ser apagado durante pruebas internas. No es el apocalipsis de Hollywood, pero sí un recordatorio inquietante de que los sistemas empiezan a perseguir objetivos instrumentales que sus creadores no terminan de entender.

El mensaje de fondo es claro: “escalar primero y entender después” ya no sirve como estrategia de seguridad.

2026: hora de demostrarlo… o de asumir el estallido

Sumando todas estas piezas, la historia de la IA en 2025 no es la de un frenazo, sino la de un control de realidad.

  • El dinero es mayor que nunca, pero las apuestas también, y no todas van a salir bien.
  • La infraestructura crece, pero se enfrenta a la física, a la política y a límites de capital muy concretos.
  • Los modelos mejoran, pero el asombro baja, y jugadores como DeepSeek reducen la ventaja de los grandes.
  • Los modelos de negocio aparecen, pero muchos dependen de recolectar más datos, cobrar más caro o comprar distribución.
  • Los costes sociales se ven con más nitidez: derechos de autor, salud mental, comportamientos extraños de modelos cada vez más potentes.

Todo eso convierte 2026 en un año de examen.

La era del “confía, el retorno ya llegará” se agota. Inversores, reguladores y usuarios plantean la misma pregunta: ¿dónde está el valor duradero y cuál es el precio real de conseguirlo?

La respuesta decidirá si los billones que se están volcando en el ecosistema de IA terminan pareciendo una apuesta visionaria… o el prólogo de un ajuste que haga que la burbuja puntocom parezca un mal día de trading para Nvidia.

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