SpaceX y xAI: cuando la apuesta por la infraestructura de IA despega rumbo a la órbita

3 de febrero de 2026
5 min de lectura
Ilustración de satélites orbitando la Tierra con conexiones de datos luminosas

1. Titular e introducción

SpaceX ha absorbido oficialmente a xAI y Elon Musk ya tiene nuevo eslogan implícito: si la Tierra se queda pequeña para la IA, nos vamos al espacio. Detrás del gesto corporativo hay algo mucho más profundo: un intento de convertir la órbita terrestre baja en la próxima capa de infraestructura digital, controlada por un solo grupo empresarial.

Esto importa tanto en Europa como en América Latina, donde la dependencia de nubes y modelos de IA extranjeros ya es alta. Analicemos qué cambia realmente con esta operación, qué tan realista es la idea de centros de datos en el espacio y qué implicaciones tiene para usuarios, reguladores y competidores.

2. La noticia en breve

Según TechCrunch, SpaceX ha adquirido la startup de inteligencia artificial xAI, también fundada por Musk. Citando a Bloomberg, TechCrunch señala que la empresa combinada se valora en unos 1,25 billones de dólares, lo que la situaría como la compañía privada más valiosa del mundo.

En un memorando publicado en la web de SpaceX, Musk explica que la fusión está motivada sobre todo por el objetivo de construir centros de datos en el espacio. Sostiene que los avances actuales en IA dependen de grandes centros de datos terrestres con necesidades enormes de energía y refrigeración, y afirma que la demanda eléctrica global ligada a la IA no puede satisfacerse solo con soluciones en tierra sin generar daños ambientales y sociales.

TechCrunch, apoyándose en Bloomberg y Reuters, añade que xAI estaría perdiendo alrededor de 1.000 millones de dólares al mes, mientras que hasta el 80% de los ingresos de SpaceX provendrían de lanzamientos de sus propios satélites Starlink. Musk apunta que los centros de datos orbitales exigirían un flujo constante de nuevos satélites, asegurando así ingresos recurrentes por lanzamientos. Todo ello en un contexto en el que SpaceX prepara una posible salida a bolsa.

3. Por qué importa

Esta operación no es simplemente Musk moviendo fichas dentro de su conglomerado, sino un intento de cerrar el círculo de la cadena de valor de la IA: usuarios (X), datos, modelos (xAI), red (Starlink) y, ahora, la capa física de cómputo en órbita, lanzada por SpaceX.

Ganadores potenciales:

  • Inversores de SpaceX: dejan de tener solo una empresa de cohetes y satélites; ahora pueden vender la historia de un proveedor de infraestructura crítica de IA, una narrativa muy atractiva para los mercados.
  • xAI: pasa de ser un laboratorio de modelos caros de mantener a formar parte de un ecosistema con acceso preferente a lanzamientos, constelaciones y datos.
  • Musk: concentra aún más poder estructural. Gobiernos y grandes clientes que necesiten conectividad global, lanzamientos o IA avanzada tratarán, en última instancia, con el mismo grupo.

Perdedores (o al menos, preocupados):

  • Los grandes clouds existentes (AWS, Google Cloud, Azure) se enfrentan a la posibilidad de un competidor que no juega en el mismo tablero: en lugar de discutir por dónde pasa la fibra o cuánto cuesta la electricidad, propone mover la partida al espacio.
  • Comunidades locales y reguladores pierden palancas. Si la parte más intensiva en recursos de la IA se desarrolla fuera del territorio nacional, herramientas clásicas como licencias, normas urbanísticas o políticas energéticas pierden fuerza.
  • Defensores de la seguridad y ética en IA ven con alarma que, según TechCrunch citando a The Washington Post, xAI habría relajado recientemente los controles de seguridad de su chatbot Grok, facilitando usos abusivos. Ese es el actor que ahora aspira a operar una parte clave de la infraestructura global de IA.

En el corto plazo, sin embargo, el impacto es sobre todo financiero y narrativo: uniendo xAI a SpaceX, el enorme gasto mensual de la startup se reinterpreta como inversión estratégica en la próxima plataforma de cómputo.

4. El contexto más amplio

1. La crisis energética de la IA

En Estados Unidos, Europa y cada vez más en América Latina, la expansión de centros de datos choca con redes eléctricas saturadas y resistencias políticas. Grandes tecnológicas exploran desde acuerdos masivos de renovables hasta proyectos nucleares o centros de datos submarinos.

Musk lleva la lógica al extremo: si en la Tierra se complica, usemos la órbita, con sol casi continuo y capacidad de disipar calor al vacío. Técnicamente no es imposible, pero sí carísimo y complejo: hardware resistente a la radiación, mantenimiento remoto, riesgo de basura espacial, latencias, coordinación internacional… No veremos un “AWS orbital” mañana, pero la idea marca el tono de por dónde quiere ir la próxima batalla por la infraestructura.

2. La carrera por el control total del stack de IA

Nvidia se mueve de vender chips a ofrecer plataformas completas; Amazon, Google y Microsoft diseñan sus propios aceleradores, entrenan modelos y controlan los centros de datos. Musk añade a la ecuación cohetes y satélites.

Su patrón es conocido: Tesla integra baterías, software, fábrica y red de carga; SpaceX controla desde el lanzador hasta el servicio Starlink. Con xAI dentro, suma el cerebro (modelos) a ese cuerpo (constelación y cohetes). Para clientes grandes, eso significa dependencia de un único proveedor para varios niveles críticos.

3. El espacio como nueva capa geopolítica

La órbita baja ya es pieza clave en la competencia entre potencias: Starlink en Ucrania lo ha demostrado; China y otros países aceleran sus propios sistemas. Si además una parte sustancial del cómputo de IA se mueve allí, hablaríamos de una infraestructura estratégica fuera de cualquier frontera clásica.

Que un solo conglomerado estadounidense controle lanzadores, constelaciones y, potencialmente, centros de datos en órbita, añade una capa de asimetría frente a regiones como Europa o América Latina, que dependen de actores externos para conectividad avanzada.

5. El ángulo europeo e hispanoamericano

Para Europa, la pregunta es de soberanía digital y orbital. Para América Latina, además, de equilibrio de poder en un contexto donde gran parte de la infraestructura crítica ya está en manos de empresas de EE. UU.

Jurídicamente, el RGPD europeo se aplica por destino de los datos, no por ubicación física del servidor. Si se procesan datos de ciudadanos de la UE en un satélite de SpaceX, la normativa seguiría vigente. Lo mismo ocurrirá con el futuro Reglamento de IA de la UE, que impondrá obligaciones a proveedores de modelos fundacionales.

Pero aplicar y auditar esas normas sobre sistemas que operan parcialmente en órbita es otro nivel de dificultad. Las autoridades de protección de datos europeas y latinoamericanas tendrán que cooperar más y mejor si quieren tener una mínima capacidad de inspección real.

En cuanto al mercado, tanto España como varios países latinoamericanos podrían verse tentados por la promesa de conectividad y servicios de IA “desde el cielo”, especialmente en zonas rurales o amazónicas donde la infraestructura terrestre es cara. Eso aumenta el riesgo de dependencia tecnológica y política de un proveedor prácticamente insustituible.

Al mismo tiempo, Europa está impulsando proyectos propios (IRIS², esfuerzos de la ESA, startups en Alemania, Francia o España) y América Latina empieza a desarrollar constelaciones regionales más modestas. La jugada de SpaceX‑xAI sube el listón y obliga a estos actores a definir mejor qué papel quieren jugar: ¿clientes, socios o competidores?

6. Mirando hacia adelante

En los próximos tres a cinco años, es poco probable que veamos centros de datos masivos operando en órbita. Más realista es esperar:

  • Una mayor inteligencia en los satélites existentes, usando IA para gestionar el tráfico de red, optimizar rutas o realizar inferencias básicas cerca del usuario.
  • Una integración más estrecha entre los datos de X, Starlink y los modelos de xAI, con todas las alarmas de privacidad y seguridad encendidas en Europa y América Latina.
  • Un uso intensivo del relato “IA en el espacio” para justificar ante inversores y reguladores una expansión aún mayor de las constelaciones de SpaceX.

Los hitos a vigilar serán:

  1. Reacciones regulatorias: ¿darán la FCC en EE. UU., la UE y los reguladores latinoamericanos pasos concretos sobre computación de alta potencia en órbita, basura espacial y uso de datos?
  2. Señales del mercado: ¿algún gran cliente —un gobierno, un banco, un hiperescalador— se comprometerá públicamente a probar servicios de cómputo orbital?
  3. Evolución del gobierno corporativo de Musk: cuantos más negocios críticos concentre bajo su control personal, más probable es una respuesta regulatoria fuerte, sobre todo en la UE.

El contexto de seguridad también pesará: TechCrunch recuerda que el relajamiento de filtros en Grok ya permitió usos para generar imágenes abusivas. Que ese mismo proveedor tenga un papel central en la infraestructura de IA puede ser difícil de aceptar para reguladores europeos.

7. Conclusión

La fusión SpaceX‑xAI es la declaración más ambiciosa hasta ahora de Musk: la próxima batalla de la IA no se luchará solo en la nube, sino en la órbita. El plan es visionario, técnicamente arriesgado y políticamente inflamable, pero coherente con su obsesión por controlar toda la cadena de infraestructura.

La pregunta clave para el mundo hispanohablante es: ¿queremos que buena parte de la infraestructura de IA de la que dependerán nuestras economías y servicios públicos esté en manos de un único actor privado, ubicado fuera de nuestras jurisdicciones y, quizá, fuera de nuestro planeta?

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