Cuando las ventanas piensan: por qué las bombas de calor inteligentes pueden destrabar la rehabilitación de edificios antiguos

3 de febrero de 2026
5 min de lectura
Bombas de calor de ventana modernas instaladas en la fachada de un edificio antiguo

En muchas ciudades hispanohablantes, de Madrid a Ciudad de México o Buenos Aires, el paisaje se repite: edificios de los años 50, 60 o 70 con calderas envejecidas, mal aislamiento y cada vez más olas de calor. Rehabilitar a fondo estos bloques es caro, lento y políticamente complejo. Mientras tanto, las familias tiran de estufas eléctricas o a gas en invierno y de aires acondicionados improvisados en verano.

La última novedad del startup estadounidense Gradient, contada por TechCrunch, apunta a otra vía: pequeñas bombas de calor en las ventanas, coordinadas por software para que el edificio y la red eléctrica trabajen a la vez. Es una idea nacida en Nueva York, pero con implicaciones directas para Europa y también para América Latina.

La noticia en breve

Según TechCrunch, Gradient ha lanzado Nexus, una nueva capa de software y servicio para sus bombas de calor con forma de herradura que se instalan en ventanas. Estos equipos sustituyen a los aires acondicionados de ventana tradicionales, pero pueden enfriar y calentar sin bloquear totalmente la vista.

Con Nexus, múltiples unidades dentro de un edificio multifamiliar se conectan en un solo sistema. Los administradores pueden fijar rangos de temperatura para evitar el uso excesivo de calefacción o aire acondicionado, algo especialmente problemático en edificios con un solo contador eléctrico. En un piloto citado por TechCrunch, limitar la temperatura máxima de calefacción a unos 26 grados redujo el consumo energético alrededor de un 25 % en un solo día.

Gradient se centra en edificios antiguos con calderas al final de su vida útil, incluidos proyectos de vivienda pública en Nueva York y un complejo de vivienda asequible en California, y mantiene conversaciones con universidades. Las unidades se enchufan a tomas existentes y se instalan en cuestión de horas, sin grandes obras. Nexus también puede reducir la corriente cuando el cableado es antiguo y la empresa trabaja en integrar estas bombas en programas de respuesta a la demanda, para bajar potencia de forma selectiva en momentos de máxima carga de la red.

Por qué importa

El gran elefante en la habitación de la transición energética son los edificios existentes. En la Unión Europea una gran mayoría del parque inmobiliario es poco eficiente, y algo parecido ocurre en muchos países latinoamericanos, donde además la informalidad urbanística complica las reformas profundas. Pensar que vamos a sustituir cada caldera por un sistema central de bomba de calor con obra integral es, en muchos casos, fantasía.

El enfoque de Gradient ataca justo ahí. Una unidad que se coloca en la ventana y se conecta a un enchufe convencional reduce drásticamente el coste, el tiempo y la fricción social. No hace falta vaciar el edificio, ni coordinar a decenas de propietarios, ni pedir permiso para taladrar la fachada completa. Para una empresa municipal de vivienda en Barcelona o un condominio en Ciudad de México, poder modernizar piso a piso es políticamente mucho más digerible.

La capa Nexus cambia también quién controla qué. De vender aparatos sueltos se pasa a gestionar una flota de equipos. El administrador gana herramientas para evitar derroches en edificios con contador único, suavizar picos de demanda y entender mejor los patrones de uso. El operador de red, por su parte, podría ver miles de pequeñas bombas de calor no como una amenaza, sino como una batería térmica distribuida: unos grados arriba o abajo en los pisos sombreados pueden valer tanto como arrancar una central de gas en un día caluroso.

Los beneficiados son claros:

  • propietarios de edificios antiguos que necesitan renovar calderas sin arruinarse,
  • inquilinos de vivienda pública o social que podrían ganar refrigeración por primera vez,
  • empresas eléctricas que necesitan cargas flexibles para integrar más renovables.

Los perdedores potenciales son las empresas de gas y los fabricantes que viven de vender grandes sistemas centralizados de alto margen. Pero la lección de fondo es otra: el valor climático se desplaza del hierro a la nube. La bomba de calor es hardware; el sistema que las orquesta edificio por edificio y barrio por barrio es donde se crea el modelo de negocio recurrente.

El cuadro más amplio

Lo que está haciendo Gradient encaja con varios movimientos de fondo en la industria.

Primero, el auge global de la bomba de calor. En Europa, Japón, Estados Unidos o Chile, este equipo ha pasado de ser una curiosidad técnica a herramienta central de política climática. Sin embargo, la narrativa suele centrarse en casas unifamiliares. Los bloques de viviendas, mucho más complejos, se quedan atrás. Ahí una solución plug and play de ventana puede ser un atajo muy poderoso.

Segundo, la idea de que los edificios son parte activa de la red eléctrica. En Estados Unidos y algunos países europeos ya funcionan centrales eléctricas virtuales que coordinan baterías, cargadores de vehículos eléctricos y termostatos inteligentes. El aire acondicionado residencial, especialmente en climas cálidos de América Latina, suele verse como problema: satura la red en las horas de mayor calor. Si estas cargas se vuelven predecibles y controlables, pueden convertirse en una herramienta de estabilidad.

Tercero, la sofistificación del hardware con software. No es casualidad que muchas de las startups climáticas más interesantes facturen cada vez menos por vender cacharros y más por servicios de gestión y datos. Una bomba de calor conectada, capaz de exponer datos y aceptar órdenes remotas, puede participar en mercados de flexibilidad, optimizar su funcionamiento según el precio horario o la huella de carbono e incluso financiarse mediante contratos de rendimiento garantizado.

En Japón o Corea del Sur ya se habían dado pasos en esta dirección con sistemas de climatización muy integrados. En Europa, varios fabricantes están añadiendo interfaces de respuesta a la demanda. La novedad aquí es el enfoque explícito en la rehabilitación ligera de edificios antiguos, combinada con un cerebro en la nube que piensa simultáneamente en la factura del inmueble y en las necesidades del sistema eléctrico.

La mirada europea e iberoamericana

En Europa, el contexto regulatorio es especialmente propicio. La revisión de la Directiva de eficiencia energética de edificios y el Pacto Verde Europeo empujan a eliminar progresivamente las calderas fósiles y a generalizar las bombas de calor. A la vez, la reforma del diseño del mercado eléctrico y las normativas nacionales fomentan que la demanda sea más flexible.

Para España o Portugal, con un parque de edificios envejecido y cada vez más olas de calor, la combinación de unidades de ventana y gestión inteligente puede ser una forma rápida de ofrecer refrigeración sin llenar cada fachada de equipos ruidosos y poco eficientes. Municipios, cooperativas energéticas y comunidades de vecinos podrían plantearse esquemas donde una empresa instala y gestiona las bombas a cambio de una cuota ligada al ahorro conseguido.

En América Latina, aunque el debate regulatorio vaya unos pasos por detrás, los retos se parecen: redes eléctricas tensas en verano, informalidad edilicia, calor creciente y baja penetración histórica de aire acondicionado que está empezando a dispararse. Copiar el modelo de aire acondicionado barato y poco eficiente de otros países sería una bomba de relojería para el sistema eléctrico. Empezar desde ya con equipos reversibles (que también calientan) y preparados para flexibilidad puede evitar muchos apagones futuros.

Eso sí, tanto en Europa como en América Latina hay matices importantes: las leyes de protección de datos (como el RGPD en la UE) condicionan el uso de información sensible sobre hábitos de los hogares; la regulación de alquileres limita cuánto puede intervenir un propietario en el confort térmico; y la desigualdad obliga a vigilar que la gestión remota no acabe castigando más a quienes menos pueden pagar.

Mirando hacia adelante

¿Qué podemos esperar a partir de aquí? Lo más probable es que la idea de Gradient se replique. Grandes fabricantes europeos y asiáticos no tardarán en lanzar plataformas que conecten sus bombas de calor domésticas en redes gestionadas, y utilities de ambos lados del Atlántico empezarán a exigir esa capacidad de control para acceder a las mejores subvenciones.

Para el mercado hispanohablante hay varias señales a seguir:

  • ¿Veremos startups locales que combinen hardware modular con servicios de gestión energética para vivienda social?
  • ¿Cómo reaccionarán las comunidades de propietarios ante la idea de que el administrador (o la compañía eléctrica) tenga capacidad de limitar temperaturas en momentos de estrés de la red?
  • ¿Se moverán los reguladores eléctricos para reconocer y remunerar la flexibilidad de cargas tan pequeñas como una bomba de calor de ventana?

Los riesgos existen: desde ciberataques hasta el uso abusivo de límites de temperatura para recortar costes a costa del confort de los inquilinos más vulnerables. Pero la alternativa –seguir encadenados a calderas fósiles y a un mar de aires acondicionados individuales sin control– tampoco es atractiva.

La ventana de oportunidad es corta. Muchas calderas en Europa y América Latina se acercan a su final de vida útil justo cuando las olas de calor se hacen más intensas y las metas climáticas más estrictas. Quien ofrezca soluciones rápidas, modulares y conectadas para el parque existente tendrá una posición estratégica en la próxima década.

En resumen

Gradient, con su plataforma Nexus, demuestra que la innovación clave para descarbonizar edificios antiguos no siempre es una gran obra, sino la coordinación inteligente de muchos aparatos modestos. Convertir bombas de calor de ventana en una flota gestionada permite mejorar el confort, reducir emisiones y apoyar a la red eléctrica sin esperar a la rehabilitación perfecta. Para Europa y para el mundo hispanohablante, la pregunta ya no es si esta lógica llegará, sino quién la adaptará mejor a su realidad social y regulatoria. ¿Queremos seguir apagando fuegos edificio a edificio, o aprovechar esta ola para repensar de raíz cómo calentamos y enfriamos nuestras ciudades?

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