La IA de Carbon Robotics para plantas adelanta cómo los modelos fundacionales llegarán al campo

2 de febrero de 2026
5 min de lectura
Robot agrícola autónomo usando IA y láser para eliminar malas hierbas entre cultivos

Titular e introducción

La próxima ola de IA no se jugará solo en móviles y navegadores, sino también entre surcos de lechugas y viñedos. El nuevo Large Plant Model (LPM) de Carbon Robotics es un buen anticipo: un modelo de IA capaz de reconocer plantas en tiempo real y dejar que el agricultor decida qué se salva y qué se destruye. Más que una curiosidad robótica, es un ejemplo claro de cómo los modelos fundacionales empiezan a incrustarse en máquinas pesadas. En este artículo analizamos qué cambia realmente para el agrotech, qué implica para Europa y qué oportunidades abre también para el mundo hispanohablante, de España a América Latina.

La noticia en breve

Según informa TechCrunch, la empresa estadounidense Carbon Robotics, con sede en Seattle, ha presentado su Large Plant Model (LPM), un modelo de IA que alimenta sus robots LaserWeeder: plataformas autónomas que eliminan malas hierbas con láseres en lugar de herbicidas.

LPM se ha entrenado con más de 150 millones de imágenes y datos etiquetados de plantas, recopilados por las máquinas de la compañía en más de 100 explotaciones agrícolas de 15 países. Antes, cuando aparecía una nueva especie de mala hierba o una variante visualmente distinta, Carbon necesitaba etiquetar datos adicionales y reentrenar sus modelos, un proceso que llevaba alrededor de 24 horas. Con LPM, el agricultor puede seleccionar en la interfaz del robot qué planta considera mala hierba, y el sistema empieza a actuar casi de inmediato, sin un nuevo ciclo completo de entrenamiento.

El modelo llegará a los clientes existentes mediante una actualización de software del sistema Carbon AI. Fundada en 2018, Carbon Robotics ha levantado más de 185 millones de dólares de inversores como Nvidia NVentures, Bond y Anthos Capital.

Por qué importa

LPM es un síntoma claro de hacia dónde va la IA industrial: modelos fundacionales específicos de dominio, íntimamente ligados a hardware. Es, en cierto modo, para las plantas lo que los grandes modelos de lenguaje son para el texto: un modelo que entiende la estructura del objeto (en este caso, la planta) y puede generalizar a especies nuevas o condiciones cambiantes.

Los primeros beneficiados son los productores de alto valor que ya usan LaserWeeder: hortícolas, cultivos especiales, explotaciones orgánicas con márgenes suficientes para invertir en robótica. Ganan flexibilidad operativa (ya no dependen de que el proveedor reentrene el modelo), más horas efectivas de trabajo del robot y capacidad de reaccionar a nuevas malas hierbas o a cambios de manejo casi en tiempo real. En un contexto de escasez de mano de obra rural y aumento de costes, esa agilidad vale dinero.

Para Carbon, LPM es una barrera de entrada muy potente. Un dataset de 150 millones de ejemplos de plantas reales, capturados en diferentes países, suelos, climas y tipos de cultivo, no se construye de la noche a la mañana. Cada nuevo robot en el campo refuerza el efecto de red de datos: más diversidad, mejor modelo, más difícil que la competencia alcance ese nivel.

En el lado perdedor, los fabricantes de herbicidas y quienes dependen de cuadrillas de deshierbe manual deberían tomar nota. La combinación de visión por computador precisa y eliminación láser no va a sustituir todos los químicos, pero sí puede erosionar segmentos concretos del mercado, empezando por los cultivos más intensivos en mano de obra.

También hay riesgos. Poner un modelo propietario, poco transparente, a decidir qué plantas mueren y cuáles viven abre dilemas de seguridad, responsabilidad y dependencia. Si el sistema se equivoca y destruye un cultivo, ¿quién paga la factura? ¿Cómo puede un agricultor auditar o cuestionar decisiones basadas en millones de parámetros que no controla?

El panorama más amplio

LPM encaja en varias tendencias de fondo. La primera: la robotización del campo. Llevamos años viendo prototipos de robots para recolectar frutas, pulverizar de forma selectiva o monitorizar cultivos. Muchos se han topado con el mismo muro: la dificultad de que la visión artificial funcione de forma robusta en condiciones reales, lejos del laboratorio.

La segunda: la especialización vertical de la IA. Los modelos de lenguaje generalistas sirven para muchas cosas, pero no son necesariamente la mejor opción para tareas físicas y muy estructuradas como distinguir hojas de cultivo y malas hierbas entre polvo, barro y cambios de luz. En cambio, modelos como LPM están diseñados desde cero para un dominio acotado, con datos propios y un vínculo directo con la máquina.

En paralelo, gigantes como John Deere (tras comprar Blue River Technology) ya trabajan en sistemas de visión para dosificar herbicidas solo donde hace falta. Startups europeas e israelíes exploran robots para viñedos, invernaderos y frutales. Si Carbon consigue que LPM generalice bien entre países, variedades y sistemas de cultivo, elevará el listón tecnológico para todos.

La implicación estratégica es clara: los datos de campo se convierten en el principal activo. Igual que en automoción las flotas conectadas alimentan los modelos de conducción autónoma, aquí una flota de robots agrícolas genera el »modelo de planta« que otros no tienen. Quien controle esa capa de percepción podrá negociar en mejor posición con fabricantes de maquinaria, proveedores de insumos y aseguradoras.

La perspectiva europea e hispana

En Europa, la llegada de tecnologías como LPM se cruza con objetivos políticos concretos: el Pacto Verde y la estrategia «De la granja a la mesa» incluyen la reducción significativa del uso de pesticidas para 2030. Tener alternativas tecnológicas creíbles a la química puede aliviar tensiones entre Bruselas y el sector agrario. Un robot que arranca malas hierbas con luz en lugar de con glifosato es un argumento poderoso.

Pero la UE también está ultimando la Ley de IA, uno de los marcos regulatorios más estrictos del mundo. Un robot autónomo con láseres que toma decisiones en campo seguramente se catalogará como sistema de alto riesgo, lo que implica requisitos serios de transparencia, supervisión humana y gestión de incidentes. Para una empresa de fuera de la UE, cumplir con todo eso no es trivial.

Para España y muchos países latinoamericanos, el contexto es doble. Por un lado, hay potentes sectores agrícolas –hortofrutícola en Murcia o Huelva, viñedo en La Rioja y Mendoza, soja y caña en Brasil, frutales en Chile– donde el coste laboral y la escasez de mano de obra hacen que la robótica tenga sentido económico. Por otro, la estructura de minifundio en muchas regiones y la desigualdad en acceso a capital dificultan que el modelo sea simplemente »compro un robot y listo«.

Es probable que, si tecnologías como LPM aterrizan en serio en el mundo hispano, lo hagan primero vía modelos de servicio: empresas que ofrecen deshierbe robotizado por hectárea, cooperativas que comparten robots, concesionarios de maquinaria que integran estos sistemas en flotas de alquiler. Ahí se abre un espacio para actores locales que entiendan tanto la agronomía como la regulación europea o latinoamericana.

Mirando hacia adelante

Desde el punto de vista técnico, LPM es una base sobre la que se pueden construir muchas más funciones. Una vez que un robot entiende qué planta tiene delante, el siguiente paso lógico es evaluar su estado: enfermedades, estrés hídrico, carencias nutricionales. A eso se le puede sumar conteo de plantas, estimación de rendimiento o incluso apoyo a programas de certificación y seguros. Carbon no ha anunciado nada de esto, pero el camino es evidente.

En el plano de negocio, la gran incógnita es si Carbon se quedará en el nicho de sus propios robots o intentará convertirse en proveedor de modelos para terceros. Un escenario tipo »Mobileye para agricultura«, donde fabricantes de tractores y aperos (incluidos europeos y latinoamericanos) licencian su modelo de plantas, no es descabellado.

Para los lectores, vale la pena seguir tres vectores: cómo aterrizará la Ley de IA sobre la maquinaria agrícola en la UE; qué harán los grandes fabricantes europeos y latinoamericanos (¿desarrollo propio, adquisiciones, alianzas?); y qué cuentan los agricultores que ya trabajan con estos robots, más allá del marketing: tiempos de parada, costes reales, curva de aprendizaje.

En términos de plazos, los próximos 3–5 años serán de adopción selectiva en cultivos de alto valor; a partir de ahí, la combinación de bajada de costes de hardware y presión regulatoria sobre pesticidas podría empujar a tecnologías como LPM a un mercado mucho más amplio.

La conclusión

El Large Plant Model de Carbon Robotics es una señal temprana de que los modelos fundacionales han dejado de ser solo cosa de texto e imágenes en pantalla para convertirse en el cerebro de máquinas que hacen trabajo físico duro. Si funciona como promete la empresa, puede acelerar la transición hacia una agricultura con menos químicos y más sensores, pero también concentrar mucho poder en manos de quienes controlan los modelos. La pregunta para Europa y el mundo hispano es si vamos a ser solo usuarios de esta inteligencia o también sus diseñadores.

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