Davos ya es una cumbre tecnológica: el poder se ha mudado a la nube

23 de enero de 2026
5 min de lectura
Paseo nevado en Davos con banderas del WEF y grandes logotipos de tecnológicas en los edificios

Davos ya es una cumbre tecnológica: el poder se ha mudado a la nube

Que Davos siempre haya tenido mucho traje y poca calle no es novedad. Lo nuevo en 2026 es que, entre la nieve y los cordones de seguridad, lo que manda son los logos de las grandes tecnológicas y las promesas (y miedos) alrededor de la inteligencia artificial. El foro que nació para hablar de macroeconomía y gobernanza global se parece cada vez más a un híbrido entre cumbre política y feria de tecnología. Aquí analizamos cómo se ha producido ese giro, quién sale ganando, qué pierde visibilidad y qué significa todo esto para Europa y para los mercados hispanohablantes, de Madrid a Ciudad de México.


La noticia en breve

Según el análisis del podcast Equity de TechCrunch, que cubrió el Foro Económico Mundial de Davos 2026, el encuentro de este año tuvo un tono muy distinto. Grandes compañías tecnológicas como Meta y Salesforce ocuparon locales en la calle principal del pueblo, transformando la famosa promenade en un escaparate de plataformas digitales más propio de una feria sectorial que de una cumbre de jefes de Estado.

De acuerdo con Equity, la inteligencia artificial fue el tema dominante. Las cuestiones clásicas de Davos —clima, pobreza, estabilidad financiera— quedaron en segundo plano frente a debates sobre el impacto económico de la IA, el riesgo de burbujas de valoración y el futuro inmediato de la industria. Algunos directivos aprovecharon el escenario para criticar abiertamente políticas comerciales e industriales que consideran distorsionadoras.

El podcast también destacó varias rondas de financiación para startups, desde robótica hasta nuevos proyectos de IA, reforzando la sensación de que Davos se ha convertido en un escenario clave para el sector tecnológico.


Por qué importa

Que Davos se esté convirtiendo en una conferencia tecnológica no es un detalle cosmético; es un síntoma de dónde se concentra hoy el poder real. Cuando los fundadores de startups de IA generan más titulares que los presidentes de bancos centrales, algo ha cambiado en la jerarquía de preocupaciones de las élites.

Los grandes beneficiados son las plataformas tecnológicas —en su mayoría estadounidenses— y los laboratorios punteros de IA. Davos les ofrece una oportunidad única: una semana entera con acceso directo y repetido a presidentes, ministros, comisarios europeos y reguladores de medio mundo. Allí no solo se discute cómo «regular la IA», sino, de forma implícita, cómo tratar a esos gigantes que la controlan.

También ganan los fondos de capital riesgo y las startups que logran entrar en ese círculo. Las conversaciones informales que hace una década giraban en torno a petróleo, bancos o telecomunicaciones, hoy se centran en chips, modelos fundacionales y datos. Para un emprendedor de Barcelona, Buenos Aires o Ciudad de México con una propuesta sólida en IA, robótica o ciberseguridad, el networking correcto en Davos puede acelerar más que un año entero de pitch competitions.

¿Y quién pierde? Sobre todo los actores cuya agenda no cabe en una demo de producto. ONG climáticas, organizaciones de desarrollo, sindicatos y representantes del Sur Global ven cómo sus temas se diluyen o se reempaquetan como problemas que la tecnología supuestamente resolverá por sí sola. Si toda conversación se traduce a «casos de uso de IA», se desdibujan cuestiones incómodas: reparto de riqueza, poder de negociación, derechos laborales.


El contexto más amplio

Davos siempre ha sido sensible a las modas tecnológicas: primero el entusiasmo puntocom, luego fintech, más tarde blockchain y, en la última década, el metaverso. La diferencia en 2026 es que la IA ya no es un nicho; es la capa transversal que atraviesa casi todos los debates, desde defensa hasta educación.

La cobertura de TechCrunch desde Davos apunta a un dato revelador: uno de los choques más comentados no fue entre países, sino entre un CEO de IA y Nvidia, por la dependencia del sector de sus chips. Es un paralelismo claro con 2009, cuando la preocupación giraba en torno a bancos «demasiado grandes para caer». Hoy el foco se mueve hacia infraestructuras —nube, semiconductores, modelos— que son «demasiado centrales para ignorarlas, demasiado complejas para regularlas con facilidad».

Este giro encaja con otras tendencias recientes:

  • Cumbres de seguridad en IA organizadas por el Reino Unido y Corea del Sur.
  • Una orden ejecutiva en Estados Unidos que marca líneas rojas para el desarrollo de IA.
  • El avance del Reglamento de IA de la Unión Europea, que se suma al GDPR, la Ley de Servicios Digitales y la Ley de Mercados Digitales.

Davos es el punto de encuentro entre esas agendas regulatorias y las empresas a las que van dirigidas. A diferencia de CES o el MWC de Barcelona, donde el objetivo principal es vender dispositivos y anuncios, en Davos el juego va de quién define conceptos como «IA responsable», qué se considera «dependencia estratégica» de proveedores extranjeros y cuánto riesgo político se acepta a cambio de eficiencia.

Históricamente, Davos ha funcionado como barómetro de las obsesiones de las élites: primero la crisis financiera y la desigualdad, luego el clima, después las pandemias. Que ahora todo gire en torno a la tecnología indica que la digitalización ha dejado de ser un sector para convertirse en la infraestructura sobre la que se apoya el resto.


El ángulo europeo e hispano

Para Europa, Davos 2026 tiene sabor a victoria a medias. Por un lado, el continente llega con una batería regulatoria que condiciona las estrategias de cualquier gigante tecnológico: GDPR, DSA, DMA y el futuro Reglamento de IA. Ningún lanzamiento serio puede ignorar Bruselas.

Por otro, los logos más grandes en la nieve siguen siendo estadounidenses, con China ganando terreno en hardware y redes. Europa aparece más como árbitro que como jugador estrella. Hay excepciones —casos como ASML, algunos unicornios de IA en Francia o Alemania—, pero no marcan el relato como lo hacen los laboratorios de la Costa Oeste.

Para los mercados hispanohablantes la dinámica es aún más asimétrica. España y algunos países latinoamericanos cuentan con ecosistemas tecnológicos vibrantes (Barcelona, Madrid, Ciudad de México, São Paulo, Bogotá, Buenos Aires), pero rara vez están en el centro de la foto en Davos. La región suele aparecer como «mercado en crecimiento» o como laboratorio para pilotos, no como fuente de estándares o arquitecturas propias.

Sin embargo, ahí mismo se esconde una oportunidad. Europa y América Latina comparten preocupaciones sobre soberanía digital, concentración de poder en pocas plataformas y dependencia de proveedores externos. En lugar de ir cada uno por su lado, Davos podría ser el espacio donde articular alianzas: sobre datos abiertos, cloud soberana, estándares para IA en administraciones públicas o modelos lingüísticos que prioricen el español frente al monolingüismo anglo.


Qué viene ahora

Salvo shock mayúsculo —un invierno de la IA o una escalada geopolítica que reordene prioridades—, Davos seguirá siendo una cumbre fuertemente tecnológica durante los próximos tres a cinco años. La tríada IA–chips–soberanía digital se ha vuelto estructural.

Lo relevante será observar si el Foro logra reequilibrar su agenda. ¿Volverán el clima, la biodiversidad, el trabajo digno y la desigualdad a ocupar espacios propios, o se seguirán tratando solo como «verticales» de la IA? La respuesta marcará si Davos sigue siendo un lugar para discutir modelos de sociedad o se consolida como el consejo de administración informal de la economía digital.

Habrá tres señales clave:

  1. Quién ocupa la promenade. Si en 2028 los únicos escaparates son de grandes plataformas de siempre, la concentración de influencia será aún mayor. Si aparecen consorcios open source, nubes europeas o alianzas tecnológicas del Sur Global, el guion empezará a cambiar.
  2. Quién se sienta a la mesa. ¿Veremos más voces de América Latina, África o el sudeste asiático con capacidad real de incidencia, o solo como invitados de piedra en paneles sobre «inclusión»?
  3. Qué se concreta. Las promesas de este año sobre seguridad en IA, transparencia algorítmica o estándares comunes necesitarán traducción en normas y supervisión efectivas antes de 2027 para no quedarse en marketing.

Para emprendedores, responsables públicos y directivos hispanohablantes, la cuestión estratégica es clara: ¿van a Davos solo a escuchar y hacerse fotos, o a construir coaliciones que eviten que la próxima década digital se decida exclusivamente entre Silicon Valley y Pekín?


En resumen

Davos no se ha convertido en una cumbre tecnológica por casualidad: ha seguido al poder, que hoy está en el software, los datos y los semiconductores. Ese foco es inevitable, pero peligroso si se lleva por delante el clima, la justicia social y la diversidad de voces. Europa y el mundo hispanohablante tienen margen para algo más que adaptarse a la agenda ajena: pueden exigir compromisos reales sobre competencia, apertura y rendición de cuentas. Si cada enero hablamos de IA en los Alpes, ¿qué resultados concretos vamos a exigir en casa en febrero?

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