Cambiar de SIM antes era casi un reflejo: sacabas la bandeja, metías otro trocito de plástico y listo.
Para Ryan Whitwam, periodista senior de Ars Technica, ese gesto de 30 segundos se convirtió en casi una hora dando vueltas en una tienda de T‑Mobile después de pasarse a eSIM en 2025. Y lo dejó con una sensación clara: arrepentimiento.
En su artículo del 29 de diciembre de 2025 cuenta cómo el Pixel 10, primer Pixel eSIM‑only en EE. UU., le obligó a abandonar la SIM física… y por qué no piensa que haya salido ganando.
De la tarjeta tamaño crédito al chip soldado
Las SIM existen desde los años 90. Al principio eran del tamaño de una tarjeta de crédito. Luego llegaron miniSIM, microSIM y, por fin, nanoSIM, poco más grande que la uña del meñique.
Pero el interior de un smartphone es una batalla por milímetros cúbicos. En 2016 nació el estándar eSIM: en vez de tarjeta extraíble, un chip programable soldado directamente a la placa. ¿Qué aporta?
- Permite guardar varios perfiles SIM.
- Cambias de línea desde el software.
- Ocupa aproximadamente la mitad que una bandeja clásica.
- No se puede robar físicamente la tarjeta del teléfono.
Con ese ahorro de espacio, los fabricantes han empezado a matar el slot.
Apple abrió el camino: con el iPhone 14 obligó a usar eSIM en EE. UU. En el iPhone 17 se ve la contrapartida en números: el modelo internacional con SIM física monta una batería más pequeña que la versión solo eSIM, alrededor de un 8 % menos, según Whitwam.
Google aguantó más. Pero con la serie Pixel 10, los modelos estadounidenses también se pasan a eSIM‑only. Y a diferencia de Apple, Google no ha aprovechado el hueco para meter más batería ni ningún extra visible. Pierdes la bandeja y, a cambio, prácticamente nada.
Android, sobre el papel, está preparado: el sistema incluye herramientas para descargar y transferir eSIM. En teoría, escaneas un código o sigues un asistente y todo funciona.
En la práctica, Whitwam ha comprobado qué pasa cuando el proceso se rompe.
Dos fallos de eSIM en solo tres meses
Como probador de móviles, Whitwam ha cambiado de teléfono casi a diario en algunos momentos de su carrera. En todos esos años, su SIM física nunca le dio un problema serio.
Con el Pixel 10, por primera vez tuvo que pasar sí o sí a eSIM. En los tres meses siguientes solo necesitó mover su eSIM unas pocas veces, pero su número quedó «en el limbo» en dos ocasiones.
La primera fue molesta, pero se resolvió rápido. Estaba autenticado en la app de T‑Mobile. Tras unos minutos chateando con el soporte, el operador pudo empujarle un nuevo eSIM al teléfono. Sin tienda, sin drama.
La segunda fue la dolorosa. Esta vez no estaba logueado en la app.
Cuando los operadores tienen que verificar tu identidad, casi todos tiran de lo mismo: enviarte un código por SMS. Y si tu eSIM está rota y tu número no está activo, esos SMS no llegan nunca. Sin SMS no hay acceso a la cuenta. Sin acceso, no puedes pedir un eSIM nuevo.
Resultado: tuvo que ir físicamente a una tienda de T‑Mobile para que alguien le descargara una SIM electrónica. Lo que con una nanoSIM habrían sido «30 segundos toqueteando un trozo de plástico» se transformó en alrededor de una hora esperando en un mostrador.
Ahí está el núcleo de su arrepentimiento: no tanto la existencia de eSIM, sino un ecosistema donde todo depende de que el SMS funcione justo cuando tu línea está caída.
Tu número de móvil, mal candidato a llave maestra
Mucha gente lleva con la misma línea años, incluso décadas. Ya no es solo la forma de llamarte; es tu identidad digital de facto.
Whitwam enumera algunos ejemplos: bancos, apps de mensajería, exchanges de criptomonedas, la propia plataforma de publicación de Ars Technica e incluso las telecos usan SMS como segundo factor. Esos códigos ya de por sí no son especialmente seguros, y eSIM añade otra forma de quedarte fuera.
Perder el acceso a tu número no significa solo quedarte sin llamadas. Puedes perder acceso a piezas críticas de tu vida digital.
Con una SIM física, un fallo total es raro salvo que dañes la tarjeta. Cambiarla de móvil son segundos y rara vez implica llamar a atención al cliente. Para Whitwam, una SIM clásica es «prácticamente infalible».
La eSIM, en cambio, es software. El traspaso puede corromperse, el perfil puede romperse y cualquier solución depende del mismo número que ahora no funciona.
Su frase más dura lo resume: «Enshittification has truly come for SIM cards.»
El problema de fondo: SMS como raíz de la seguridad
La respuesta no es eliminar la autenticación en dos pasos. Tu número de móvil es demasiado potente —y demasiado vulnerable— como para dejarlo sin protección.
El verdadero problema es que los operadores usan el SMS como llave maestra para acceder a la cuenta. Si esa llave depende de una eSIM sana, cualquier fallo técnico puede dejarte totalmente bloqueado.
Si el futuro sin tarjeta física es inevitable, hace falta otra forma de demostrar que un número es tuyo cuando el canal móvil está roto. Casi cualquier cosa sería mejor que seguir usando el SMS como opción por defecto.
Google Fi apunta a una salida mejor
En medio del desastre, Whitwam señala una excepción: Google Fi.
Con Fi puedes descargar un eSIM en cualquier momento desde la app. El acceso se ata a tu cuenta de Google, no a una línea que ya tenga cobertura. Y esa cuenta se protege con todo el arsenal de seguridad de Google: Google Authenticator, passkeys, notificaciones push y opciones avanzadas.
Para Whitwam, eso es «lo mejor que hay ahora mismo para la seguridad del consumidor». No es perfecto, pero hace mucho menos probable que un fallo de eSIM te deje fuera de todo.
¿Compensa un 8 % más de batería?
En la última década hemos ido perdiendo cosas: primero el jack de 3,5 mm, luego muchas ranuras microSD. Ahora llega el turno de la bandeja SIM.
En el iPhone 17 la recompensa son unos 8 % más de batería. En el Pixel 10, ni eso. Para cierta gente, la comodidad de activar líneas desde el sofá pesará más que los riesgos.
Pero si cambiáis de móvil a menudo, viajáis con varias líneas o dependéis mucho de códigos por SMS para acceder a servicios, la experiencia de Whitwam suena a aviso claro.
Antes de que las operadoras entierren para siempre ese «trozo diminuto de plástico», necesitan sistemas de recuperación de cuentas que no dependan justo de lo que se ha roto. Hasta entonces, muchos vamos a mirar la vieja bandeja de nanoSIM con bastante menos desprecio del que pensábamos.



