Funerales en órbita por 249 dólares: la cara íntima de la nueva economía espacial

23 de enero de 2026
5 min de lectura
Ilustración de un pequeño satélite orbitando la Tierra con cápsulas con cenizas

Por unos 249 dólares –el precio de un móvil de gama media–, en 2027 podríamos enviar un gramo de cenizas de un ser querido a la órbita terrestre. Ese es el modelo de negocio de Space Beyond, una startup estadounidense que acaba de saltar a los titulares de TechCrunch.

Más allá de la anécdota emocional, el caso es sintomático: la industria espacial entra de lleno en el terreno del consumo masivo, incluso en algo tan delicado como la muerte. En este análisis vamos a ver qué nos dice Space Beyond sobre el futuro del espacio, el sector funerario y las oportunidades (y dilemas) para los mercados hispanohablantes.

La noticia en resumen

Según informa TechCrunch, Space Beyond ha firmado un acuerdo de servicios de lanzamiento con Arrow Science and Technology. El plan es colocar en órbita, en un vuelo compartido de un Falcon 9 de SpaceX previsto para octubre de 2027, un pequeño satélite CubeSat cargado con cápsulas que contienen cenizas humanas.

El satélite podría albergar los restos cremados de hasta 1.000 personas, con aproximadamente un gramo por cliente. El precio de entrada: 249 dólares, muy por debajo de los servicios de “cenizas al espacio” existentes, que suelen costar varios miles.

La misión apunta a una órbita heliosíncrona de unos 550 km de altura. El CubeSat permanecería allí alrededor de cinco años, hasta reentrar en la atmósfera y desintegrarse junto con las cenizas. La empresa no liberará las cenizas en el vacío para evitar crear basura espacial. Space Beyond está autofinanciada y fue fundada por Ryan Mitchell, ingeniero con trayectoria en el programa del transbordador espacial de la NASA y en Blue Origin.

Por qué importa

A primera vista, Space Beyond parece un capricho de nicho, a medio camino entre la industria aeroespacial y el marketing emocional. Mirando de cerca, es un buen termómetro de tres cambios profundos.

Primero, el espacio se convierte en producto minorista. Cuando una experiencia orbital se vende por menos de 300 euros, deja de ser exclusiva de gobiernos, multimillonarios o superfans de la astronomía. Pasa a integrarse en la “economía de la experiencia”: pagamos por vivir un relato, en este caso un ritual de despedida que conecta a la familia con el cielo nocturno.

Segundo, es un torpedo directo a la línea de flotación de la industria funeraria tradicional. Ataúdes, lápidas, urnas, flores: pocas actividades manejan márgenes tan altos y precios tan poco transparentes. Un homenaje espacial que cuesta menos que muchos monumentos funerarios obliga a los tanatorios a replantear su propuesta de valor. Si no reaccionan, corren el riesgo de quedar como operadores logísticos de la cremación, mientras el margen se traslada a servicios digitales y alternativos.

Tercero, nos confronta con la mercantilización extrema del duelo. Un satélite que concentra a 1.000 personas suena poético… o a “despedida al por mayor”, según quién mire. El modelo sólo cierra financieramente si se industrializa el proceso. Hablamos de aplicar lógica de cadena de montaje a un momento que las familias consideran sagrado. Ahí la clave no será el cohete, sino la confianza, la ética y la transparencia del servicio.

A corto plazo ganan las empresas de lanzamiento (nuevo tipo de carga), las de pequeños satélites y las familias que buscan algo diferente. Los perdedores potenciales: funerarias y concesionarios que sigan actuando como si internet no hubiera cambiado la forma en que planificamos la muerte.

El contexto más amplio

La propuesta de Space Beyond encaja perfectamente en varias tendencias que ya veníamos viendo.

En el lado espacial, es hija directa de la revolución de los vuelos compartidos. Programas como los Transporter de SpaceX han abaratado drásticamente el acceso a órbita para satélites pequeños. El estándar CubeSat ha convertido algo que antes era un proyecto a medida en un “LEGO espacial”: módulos predecibles en coste y complejidad. Cuando el acceso está estandarizado, es cuestión de tiempo que surjan modelos B2C encima de esa infraestructura.

Precedentes hay: Celestis lleva desde los años 90 enviando pequeñas cantidades de cenizas en cohetes, y compañías como Elysium Space han seguido el camino. Blue Origin y Virgin Galactic han coqueteado con vuelos suborbitales con restos humanos. La novedad aquí no es la idea, sino el posicionamiento: precio de derribo y vocación abiertamente masiva.

En paralelo, el llamado “death tech” vive su propia ola: memoriales online, bots de IA entrenados con mensajes de la persona fallecida, urnas biodegradables que se convierten en árboles, diamantes hechos de cenizas. El entierro espacial es simplemente la versión más espectacular de una misma lógica: convertir la memoria en experiencia de diseño.

Y, sobre todo, dice mucho del momento de la industria espacial. Si la capacidad orbital fuese tan escasa como hace 20 años, ningún actor racional la destinaría a cargas simbólicas. Que sea viable ahora indica lo maduro y competitivo que se ha vuelto el mercado de la órbita baja. Eso tiene cara y cruz: más innovación y acceso, pero también más saturación y más presión para gestionar seriamente la basura espacial.

El ángulo europeo e iberoamericano

Para Europa y para el mundo hispanohablante, este fenómeno abre puertas y dilemas específicos.

En España y buena parte de América Latina, la cremación está creciendo, pero sigue coexistiendo con un fuerte arraigo de cementerios tradicionales y ritos religiosos. Un memorial orbital de unos 230–250 euros podría atraer a familias urbanas, clases medias digitalizadas y diásporas que ya viven a caballo entre países, y que ven con naturalidad un duelo más híbrido y simbólico.

Regulatoriamente, Europa será exigente. Aunque no hay una “ley de funerales espaciales”, sí existen el marco de protección al consumidor, la normativa ambiental, el futuro Reglamento Espacial de la UE y, en algunos casos, obligaciones ligadas al Green Deal. Cualquier versión europea de Space Beyond tendría que lidiar con licencias de operador de satélites, evaluación de impacto en basura espacial y, además, con legislaciones funerarias muy locales.

En América Latina, el vacío regulatorio en materia espacial es mayor, pero tampoco es un territorio totalmente libre: Brasil, México, Argentina o Chile tienen incipientes agencias espaciales y tratados internacionales que respetar. Lo más probable es que, al menos al principio, los clientes latinoamericanos contraten estos servicios a operadores de EEUU o Europa, lo que introduce otra capa de complejidad: ¿qué pasa si el lanzamiento falla? ¿Ante qué jurisdicción reclama la familia en Bogotá, Ciudad de México o Buenos Aires?

Al mismo tiempo, hay oportunidad. Europa cuenta con Ariane 6, Vega, y un ecosistema emergente de lanzadores privados en Alemania, Reino Unido o los países nórdicos. España y Portugal aspiran a tener actividad de lanzamiento en el Atlántico. Una oferta de “memorial espacial sostenible y regulado en la UE” podría encontrar su nicho, siempre que la sociedad acepte que la órbita sea, aunque sea temporalmente, un cementerio simbólico.

Mirando hacia adelante

De aquí a 2027 veremos si estamos ante una curiosidad o el germen de una nueva categoría de negocio.

Lo primero a observar: la fiabilidad operacional y la gestión del fallo. Un fallo de lanzamiento no es sólo un problema técnico; es un trauma colectivo retransmitido en streaming. Space Beyond y sus competidores tendrán que definir políticas muy claras sobre retrasos, cancelaciones, reintentos y reembolsos. Explicar a una familia que “su ser querido no llegó al espacio” será uno de los momentos más delicados de este modelo.

Segundo: la inevitable “gamificación” del producto. Un ticket de 249 dólares invita a construir capas premium encima: órbitas especiales, más tiempo en el espacio, satélites dedicados, apps móviles con alertas cuando el satélite pasa sobre tu ciudad, experiencias de realidad aumentada en el cementerio familiar… Bien hecho, puede dar sentido y contexto al rito. Mal planteado, puede trivializar la muerte y convertirla en un servicio de suscripción con notificaciones push.

Tercero: la entrada de nuevos jugadores. Si Space Beyond demuestra que hay mercado, veremos clones especializados: para mascotas, para comunidades concretas (aficionados a la astronomía, gamers, fans de ciertas sagas de ciencia ficción), para fechas señaladas (Día de Muertos, Año Nuevo, fiestas nacionales). Eso tensará aún más el debate sobre saturación de la órbita baja y empujará a agencias y políticos a fijar estándares específicos para cargas simbólicas con restos humanos.

Mi apuesta: hacia principios de los 30, los funerales espaciales serán una oferta reconocible, aunque pequeña, dentro del mercado global funerario. Los proveedores que sobrevivan serán los que combinen tres cosas: transparencia ambiental (incluida la huella de carbono del lanzamiento), fiabilidad técnica y capacidad para integrar el momento orbital en un duelo que siga siendo humano, comunitario y no sólo tecnológico.

En resumen

El servicio de “cenizas a la órbita” por 249 dólares de Space Beyond es menos un capricho y más un síntoma: cuando incluso el funeral se convierte en un add‑on de un rideshare espacial, la frontera entre la industria aeroespacial y el consumo masivo prácticamente desaparece. Es fascinante y perturbador a la vez. La cuestión para los lectores no es si se puede hacer –se puede–, sino qué exigencias de dignidad, sostenibilidad y honestidad deberíamos plantear antes de dejar que nuestro último adiós sea sólo otra línea en el manifiesto de carga de un cohete.

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