Titular e introducción
La vuelta de Once Upon a Farm al camino del parqué no es un simple estreno más en Wall Street. Es una prueba de fuego para tres historias que llevamos años escuchando: que las marcas impulsadas por celebridades son oro puro, que la comida ecológica para niños es un negocio imparable y que, por fin, el mercado de OPVs vuelve a abrirse después de un largo invierno.
En esta salida a bolsa se mezclan la imagen de Jennifer Garner, una narrativa emotiva sobre la alimentación infantil y el escrutinio frío de los resultados trimestrales. En este análisis veremos qué nos dice este movimiento sobre los mercados, sobre el consumo y sobre las oportunidades para Europa y América Latina.
La noticia, en breve
Según informa TechCrunch, citando un documento reciente ante la SEC y datos de Reuters, la empresa estadounidense Once Upon a Farm ha reactivado sus planes de salir a bolsa. La compañía, conocida por su comida ecológica refrigerada para bebés y snacks para niños, presentó un folleto S‑1 actualizado con una banda de precios prevista de entre 17 y 19 dólares por acción.
En el punto medio de esa horquilla, la empresa aspira a recaudar unos 209 millones de dólares, lo que implicaría una valoración cercana a los 764 millones. Once Upon a Farm se fundó en 2015 y cuenta con la actriz Jennifer Garner como cofundadora, junto a las emprendedoras Cassandra Curtis y Ari Raz, que estuvieron desde el inicio.
De acuerdo con TechCrunch, que cita datos de PitchBook, la startup ha levantado casi 100 millones de dólares de capital riesgo, con inversores como S2G Ventures y CAVU Consumer Partners. Goldman Sachs y J.P. Morgan lideran la operación, y la plataforma IPOScoop sitúa el debut bursátil alrededor del 6 de febrero.
Por qué importa
Once Upon a Farm se sitúa justo donde se cruzan tres tendencias: las marcas de famosos, el auge de los productos “better-for-you” y un mercado de OPVs que lleva dos años en modo pausa. Lo que ocurra con esta acción enviará señales claras a emprendedores e inversores.
En primer lugar, es un examen para el modelo “marca de celebrity”. La presencia de Garner ha abierto puertas en retail y ha generado titulares, pero el mercado público no paga por seguidores de Instagram, sino por flujos de caja. Si la OPV funciona y la acción encuentra un suelo sólido, muchos verán validado que una celebrity puede ser un activo estratégico siempre que el negocio subyacente sea sano. Si el estreno es flojo, reforzará la sensación de que la fórmula “famoso + DTC + narrativa social” ya no convence a los grandes fondos.
En segundo lugar, es una prueba para el sector de la alimentación saludable. Después de varias salidas a bolsa de marcas con un discurso fuerte sobre salud o sostenibilidad que luego sufrieron en bolsa, los inversores miran con mucho más escepticismo a este tipo de historias. Once Upon a Farm tendrá que demostrar que su propuesta de valor no depende sólo de padres con alto poder adquisitivo en ciudades ricas.
Por último, el timing es clave. Un debut razonablemente exitoso podría animar a otras compañías de consumo que llevan años esperando el momento de salir al mercado. Un tropiezo, en cambio, confirmaría que la ventana sigue entreabierta sólo para empresas grandes, con visibilidad clara de beneficios.
El panorama general
La operación de Once Upon a Farm encaja con el reajuste profundo que vive el mundo de las marcas directas al consumidor. Durante casi una década, el manual fue sencillo:
- Crear una marca con propósito, muy activa en redes.
- Sumar a un famoso o influencer potente.
- Crecer a base de marketing digital y rondas cada vez mayores.
- Salir a bolsa antes de tener beneficios estables.
Con los tipos de interés al alza y varios estrenos decepcionantes, ese manual ha quedado obsoleto. Hoy el mercado pide márgenes brutos sólidos, control de los costes de adquisición y una ruta creíble hacia la rentabilidad. Las empresas que no puedan dibujar esa ruta en un par de diapositivas lo van a tener difícil.
En este contexto, Once Upon a Farm llega con un tamaño medio y una valoración por debajo del umbral del “unicornio”. Eso, lejos de ser un problema, puede jugar a su favor: la historia no es “la próxima gigante global de la alimentación”, sino “una marca enfocada, en crecimiento, con espacio para madurar”. Para muchos fondos, eso resulta más digerible.
También dice algo del tipo de OPVs que probablemente veremos en los próximos años: menos software sin beneficios y más negocios tangibles que venden productos que todos entendemos –comida, bebida, salud, comercio especializado–, pero con componentes digitales (DTC, suscripciones, datos) que permiten crecer más rápido que los gigantes tradicionales del gran consumo.
El ángulo europeo y latinoamericano
En Europa, el mercado de alimentación infantil ecológica está muy desarrollado, con actores fuertes como HiPP, Holle, Organix o Ella’s Kitchen. La mayor parte de la oferta, sin embargo, sigue centrada en productos de larga duración a temperatura ambiente. El enfoque de Once Upon a Farm –productos frescos y refrigerados, con una marca muy emocional– podría encajar bien en ciudades como Madrid, Barcelona, París, Berlín o Ámsterdam, donde el consumo ecológico es alto y la logística del frío está madura.
Cualquier desembarco en la UE, eso sí, tendría que navegar un entorno regulatorio exigente: normas de seguridad alimentaria, reglas específicas para productos dirigidos a bebés y niños, y, en el plano digital, marcos como el RGPD y la Ley de Servicios Digitales que condicionan cómo se recopilan datos y se hace marketing online a familias.
Para América Latina, el caso es diferente. Hay una clase media creciente y un mercado infantil enorme, pero la distribución de frío y el poder adquisitivo medio son más limitados. El modelo de Once Upon a Farm sólo funcionaría en determinadas capitales y barrios, al menos al principio. A cambio, la región es una cantera de talento emprendedor en foodtech y agrotech: ver a una marca de este tipo salir a bolsa puede inspirar a startups locales que trabajan con ingredientes nativos y propuestas saludables adaptadas al contexto latino.
En ambos lados del Atlántico, la lección es similar: el propósito y la historia ayudan, pero el pasaporte para llegar a los mercados públicos se llama disciplina financiera.
Mirando hacia adelante
¿Qué podemos esperar después de la OPV?
En el corto plazo, toda la atención estará en el comportamiento de la acción y en el mensaje que envíe la dirección al presentar resultados trimestrales. Los analistas se fijarán en:
- La estabilidad del precio frente al rango de 17–19 dólares.
- La evolución de márgenes y del gasto en marketing.
- La mezcla de canales, es decir, cuánta venta viene de grandes cadenas, cuánta de canal online propio y qué peso tienen las suscripciones.
A medio plazo, será clave ver si la empresa aprovecha el capital para:
- Ampliar portafolio (snacks escolares, productos familiares, opciones para intolerancias).
- Optimizar la logística del frío para mejorar márgenes.
- Explorar alianzas internacionales, ya sea con retailers europeos o con grupos de consumo globales.
Los riesgos no son menores: cualquier enfriamiento económico golpea primero a los productos premium; los escándalos sobre contaminantes o exceso de azúcar en alimentos infantiles pueden dañar la confianza en toda la categoría; y el escrutinio regulatorio tiende a endurecerse, no a relajarse.
La oportunidad, por otro lado, es clara: si Once Upon a Farm demuestra que la categoría de comida infantil fresca y ecológica puede escalar y ser rentable, abre la puerta a una ola de innovación y a nuevos players –incluidos europeos y latinoamericanos– que quieran disputar ese espacio.
Conclusión
La salida a bolsa de Once Upon a Farm no va sólo de Jennifer Garner; va de comprobar si el mercado está listo para una nueva generación de marcas con propósito que, además de contar una buena historia, saben hacer números. Si la operación funciona, veremos más OPVs en alimentación saludable y consumo responsable. Si no, muchas marcas de famosos tendrán que resignarse a seguir viviendo del capital privado. La pregunta para inversores y padres es sencilla: ¿la promesa de “mejor comida para nuestros hijos” ya es un negocio maduro o sigue siendo, sobre todo, un deseo?



