Windows 10 no está tan muerto: su legado explica por qué Windows 11 irrita tanto

1 de enero de 2026
5 min de lectura
Escritorio de Windows 11 con menú Inicio y barra de tareas llenos, junto a una versión más limpia y personalizada

Microsoft dio por acabado a Windows 10 en 2025. Pero el funeral es más simbólico que real.

El soporte oficial terminó el 14 de octubre de 2025, tal y como la compañía llevaba años anunciando. Aun así, los usuarios domésticos pueden conseguir un año extra de parches de seguridad con unos cuantos pasos, los centros educativos y empresas pueden pagar hasta dos años adicionales y aplicaciones clave como Edge y Windows Defender seguirán actualizándose al menos hasta 2028.

Aun así, 2025 marca un antes y un después.

Según StatCounter, Windows 11 superó a Windows 10 en cuota de uso en Estados Unidos en febrero de 2025 y a nivel global en julio del mismo año. En la encuesta de hardware de Steam, Windows 10 cayó de algo más del 44 % a algo menos del 31 %. Y ya empiezan a verse juegos, apps y drivers que dejan de ofrecer soporte oficial para Windows 10 o lo reducen.

Con este contexto, merece la pena pararse a ver dos cosas:

  1. Qué hizo bien Windows 10 para convertirse en una versión «buena».
  2. Cómo ese mismo sistema allanó el camino para muchos de los problemas de Windows 11.

Windows 10: el anti‑Windows 8 que sí funcionó

La misión principal de Windows 10 era sencilla: no repetir el experimento fallido de Windows 8.

Windows 8 traía mejoras técnicas interesantes frente a Windows 7, pero su pantalla Inicio a pantalla completa, pensada para pantallas táctiles, fue un choque frontal con la realidad: la mayoría usaba portátiles y sobremesas clásicos. Windows 10 deshizo el entuerto con un movimiento básico pero vital: recuperar un menú Inicio más tradicional. Moderno en el aspecto, pero lo bastante familiar como para no espantar.

Microsoft también copió varias ideas del mundo móvil sin romper el escritorio:

  • Actualización gratuita: usuarios de Windows 7 y 8 pudieron pasar a Windows 10 sin pagar.
  • Compatibilidad amplia: si tu PC movía 7 u 8, casi seguro que podía con 10.
  • Actualizaciones frecuentes de funciones: un calendario previsible permitía añadir novedades más rápido, sin esperar años a una gran versión nueva.
  • Programa Insider ampliado: la comunidad podía probar builds tempranos, reportar fallos y opinar antes de que los cambios llegasen a todo el mundo.

Todo esto coincidió con un cambio de mentalidad en Redmond. Satya Nadella acababa de relevar a Steve Ballmer y Microsoft empezó a asumir una realidad incómoda: no todo el mundo iba a vivir en un ecosistema 100 % Windows.

Ahí encajan movimientos como:

  • Llevar Office a iOS y Android en serio.
  • Reconstruir Edge sobre Chromium, abandonando un motor propio poco competitivo a cambio de compatibilidad web y extensiones consolidadas.
  • Lanzar el Subsistema de Windows para Linux (WSL), que permite ejecutar herramientas Linux directamente sobre Windows.

Windows 10 nació así como respuesta a críticas muy concretas, se distribuyó de forma amplia y barata, y se adaptó al hardware ya existente. De ahí su fama: la versión más usada desde XP y, para muchos, una de las «buenas».

La cara B: muchos problemas de Windows 11 empezaron con Windows 10

La paradoja es que una parte importante de lo que hoy molesta de Windows 11 ya se veía venir en la era Windows 10.

Desde el inicio, Windows 10 quiso recoger más datos de uso. Oficialmente, para mejorar el sistema y «personalizar» anuncios y recomendaciones. En la práctica, mucha gente lo vivió como más telemetría y seguimiento.

El giro al modelo de «Windows como servicio» permitió que Microsoft se moviera más rápido, pero también trajo efectos secundarios: actualizaciones de características frecuentes que, una y otra vez, llegaban con bugs serios, pese a las pruebas públicas.

Y empezó a notarse un patrón de insistencia comercial:

  • Tecnologías como el Edge original o Cortana se promocionaron a fondo, se integraron en todas partes… y luego se desinflaron cuando la adopción real no acompañó.
  • El widget de noticias y tiempo acabó en la barra de tareas, un panel más para ruido, titulares y promociones.
  • La pantalla de bloqueo se llenó de fotos espectaculares, sí, pero también de mensajes publicitarios.
  • El menú Inicio empezó a poblarse de accesos directos a juegos y apps de la Microsoft Store que el usuario nunca había elegido instalar.

Incluso la exigencia de iniciar sesión con cuenta Microsoft, una de las quejas estrella contra Windows 11, debutó en Windows 10: la edición Home ya empujaba en esa dirección. Era más fácil esquivarlo, pero el rumbo estaba claro.

Y si viviste la época de Windows 7 y 8, recordarás la campaña para actualizar gratis a Windows 10: ficheros que se descargaban solos, ventanas insistentes difíciles de silenciar del todo. El mensaje era el mismo: «sabemos lo que te conviene, sólo tienes que darle a Aceptar».

Windows 11: más controles, más IA y más fricción

Windows 11 recoge todo eso y lo intensifica.

El requisito de cuenta Microsoft ya no es un detalle, es el centro de la instalación. Desde la versión 22H2, tanto Home como Pro obligan a conectarse a Internet y usar una cuenta de Microsoft al configurar un equipo nuevo. Hay trucos para saltárselo, pero sólo si sabes buscarlos; el asistente no te ofrece una salida limpia.

Una vez dentro, empiezan las sugerencias «amables»: Microsoft 365, Game Pass, servicios varios. Incluso equipos perfectamente configurados reciben de vez en cuando la llamada pantalla de «Second Chance Out‑Of‑Box Experience» (SCOOBE), un «termina de configurar tu PC» que, en realidad, sirve para volver a venderte servicios ya rechazados.

Se puede desactivar SCOOBE, sí, pero a través de una casilla bien escondida en los ajustes de notificaciones. No es precisamente diseño inocente. El sistema ya tiene notificaciones normales para recomendar productos; SCOOBE es una capa extra de presión.

Y ahí llega la ola de la IA generativa.

Copilot no es sólo un icono nuevo en la barra. Microsoft ha cambiado por primera vez en unos 30 años la distribución estándar del teclado para Windows para añadir una tecla dedicada a Copilot. La marca se ha expandido a Word, Paint, Edge, Bloc de notas… A veces puedes desinstalar u ocultar estas funciones, otras veces no.

El ejemplo más polémico ha sido Recall, pensada para algunos PCs recientes: una función que hace capturas periódicas de lo que haces para que puedas «recordar» y buscar tu actividad pasada. La primera versión era tan insegura que el clamor de usuarios, medios e investigadores obligó a rediseñarla. Aun así, Microsoft mantiene el plan de lanzarla.

Además, la compañía prueba funciones de IA «agéntica» capaces de actuar por ti dentro de Windows. La propia documentación advierte de riesgos de seguridad y privacidad, pero los directivos hablan de construir un «agentic OS» como si fuera destino inevitable.

Llega un punto en el que cuesta distinguir entre «te damos una herramienta nueva» y «te imponemos una capa más entre tú y tu PC».

Requisitos de hardware y la sensación de obsolescencia programada

Como guinda, Windows 11 ni siquiera se ofrece oficialmente para una buena parte de PCs que siguen funcionando perfectamente.

La lista de requisitos subió el listón: TPM, Secure Boot, generaciones de CPU recientes. Técnicamente, puedes instalar Windows 11 en máquinas más antiguas si sabes cómo sortear el control de compatibilidad y asumes los riesgos. Pero, de cara al usuario medio, el subtexto es claro: toca renovar equipo.

Lo irónico es que la justificación de seguridad no es pura excusa. El TPM ayuda con cosas como el cifrado transparente del disco. Secure Boot complica ciertos ataques de muy bajo nivel. Y fabricantes como Intel o AMD sólo garantizan parches de firmware para vulnerabilidades durante un número limitado de años.

El problema es la percepción. Si desde Windows 10 te aparecen anuncios a pantalla completa de nuevos PCs Copilot+ —incluso en máquinas capaces de actualizarse directamente a Windows 11—, la narrativa de la obsolescencia programada se refuerza sola.

Windows 11 tiene mimbres, pero Microsoft tiene que soltar el acelerador

Todo esto no significa que Windows 11 sea un desastre técnico.

Si instalas la edición Enterprise, te encuentras con un sistema mucho más limpio: sin tanta app de relleno, con menos experimentos a medio cocer. Es la versión pensada para empresas que pagan por estabilidad a gran escala, y eso se nota.

Bajo esa capa de ruido, hay avances reales:

  • Windows en Arm ha mejorado claramente en rendimiento y compatibilidad.
  • El WSL está en su mejor momento para desarrolladores que viven entre Linux y Windows.
  • Microsoft por fin se toma en serio las consolas‑PC portátiles y añade funciones que reconocen la era del Steam Deck.

El problema es la experiencia por defecto. Para muchos veteranos de Windows, la era Copilot es la primera en la que sienten una frustración sostenida con el sistema. Domar una instalación nueva —quitar bloatware, silenciar notificaciones, desactivar recordatorios «para ayudarte»— se ha vuelto tan imprescindible como crear el USB de instalación o bajar drivers.

Windows 10 nunca fue perfecto. También tuvo bugs graves, telemetría agresiva y empujones hacia productos de la casa. Pero nació como un gesto de reconciliación, llegó gratis a millones de equipos ya existentes y supo mantenerse relativamente discreto.

Si Microsoft quiere que quienes siguen en Windows 10 den el salto, el camino está bastante claro: menos prácticas oscuras, menos funciones forzadas y más respeto por la idea básica de que un sistema operativo debería, la mayor parte del tiempo, hacerse invisible.

En el pasado reciente, la compañía ha demostrado que sabe rectificar cuando una estrategia no funciona. Hacerlo con Windows —apostar por una experiencia más silenciosa y limpia por defecto— podría valer más que cualquier keynote sobre IA a la hora de recuperar la confianza de sus usuarios.

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