El bono a 100 años de Alphabet: cuando la IA se financia como si fuera una red eléctrica

10 de febrero de 2026
5 min de lectura
Ilustración de la sede de Alphabet con gráficos de bonos y centros de datos de IA
  1. TITULAR E INTRODUCCIÓN

Cuando una empresa tecnológica decide endeudarse a 100 años, está diciendo algo más que “necesitamos dinero barato”. Está diciendo: “somos infraestructura básica”. Con su rarísimo bono centenario en libras, Alphabet no financia la inteligencia artificial como un producto de moda, sino como si estuviera construyendo carreteras o una red eléctrica global. Eso cambia la conversación sobre quién paga el boom de la IA, quién asume los riesgos y qué papel juega Europa y el mundo hispanohablante en esta historia. En esta columna analizamos el mensaje detrás del bono, sus ganadores y perdedores y las implicaciones para los próximos años.

  1. LA NOTICIA EN BREVE

Según publicó el Financial Times, recogido por Ars Technica, Alphabet ha encargado a varios bancos la colocación de un bono a 100 años denominado en libras esterlinas. Este título formará parte de una emisión multimoneda que incluye también bonos en dólares estadounidenses por unos 20.000 millones (ampliados desde 15.000 millones por la fuerte demanda) y una futura tranche en francos suizos.

El objetivo es financiar el enorme aumento de inversión en infraestructura de IA: centros de datos, cables y capacidad en la nube para los servicios Gemini de Google. El FT señala que este año las grandes tecnológicas y sus proveedores podrían invertir cerca de 700.000 millones de dólares en infraestructura de IA. Alphabet por sí sola ha indicado hasta 185.000 millones de dólares de capex para el año, aproximadamente el doble que el ejercicio anterior, después de superar por primera vez los 400.000 millones en ingresos anuales. Su deuda a largo plazo ronda los 46.500 millones de dólares, frente a una posición de caja y equivalentes superior a 120.000 millones.

  1. POR QUÉ IMPORTA

Un bono a 100 años es una declaración de intenciones. No es un simple ajuste táctico de tesorería. Los emisores habituales de deuda centenaria son Estados, instituciones como Oxford o grandes empresas cuasi públicas. Que una compañía de Silicon Valley entre en ese club significa que el mercado la está tratando como un pilar estructural de la economía mundial.

Alphabet utiliza su balance para trasladar parte de la gran apuesta por la IA a inversores que piensan en décadas: fondos de pensiones y aseguradoras de vida. Ellos obtienen lo que escasea en el mercado: activos muy largos, de alta calidad crediticia. Alphabet obtiene lo que necesita: financiación enorme y de vencimiento lejano para centros de datos, contratos energéticos y cables que se amortizarán durante muchos años.

Al mismo tiempo, el movimiento pone de relieve un hecho incómodo: ni siquiera los gigantes tecnológicos pueden sostener el actual ciclo de capex de IA solo con caja, sin tocar recompras de acciones, dividendos o margen para adquisiciones. Emitir deuda a 3 años es trivial; colocar deuda a 100 años es decirle al mercado: “confiad en que seguiremos siendo relevantes en 2126”.

No todos compran esa narrativa. Algunos gestores que ya poseían bonos de Alphabet han decidido no acudir a la nueva emisión: consideran que el rendimiento ofrecido es demasiado bajo y que su exposición a “hiperescaladores” con obligaciones ligadas a la IA ya es elevada. Lo que les preocupa no es la quiebra de Alphabet mañana, sino el riesgo tecnológico, regulatorio y político acumulado a lo largo de un siglo.

  1. EL CONTEXTO AMPLIO

El bono centenario de Alphabet encaja en un cambio mayor: la IA está convirtiendo a los proveedores de nube en lo que fueron las telecos y eléctricas del siglo XX: negocios de altísimo capex, largos plazos de retorno y dependencia del coste del capital.

Oracle acaba de levantar 25.000 millones de dólares en una sola emisión, con una demanda varias veces superior. Alphabet ya había emitido en 2025 un bono a 50 años en dólares y varios miles de millones en euros. Amazon y Meta también han incrementado con fuerza sus previsiones de inversión para alimentar sus plataformas de IA.

La historia recuerda a la burbuja puntocom y la sobreconstrucción de redes de fibra óptica. Entonces, muchos inversores perdieron dinero, pero las infraestructuras sobrantes son hoy la base de Internet. La diferencia es que ahora la concentración es extrema: unas pocas plataformas con ratings elevados y montañas de efectivo controlan la mayor parte de la inversión.

Todo esto sucede, además, en un entorno de tipos más altos que en la década posterior a la crisis financiera. Que aún así haya apetito para deuda tecnológica a 50 y 100 años, con diferenciales relativamente ajustados frente a la deuda soberana, dice mucho sobre la confianza relativa en Alphabet frente a muchos Estados.

Y revela otra transformación: el “deep tech” ya no se financia solo con capital riesgo y rondas de equity espectaculares; el verdadero músculo financiero está en el mercado de bonos, que paga el hormigón, los transformadores y los chips que sostendrán la IA generativa.

  1. EL ÁNGULO EUROPEO E HISPANOHABLANTE

Desde Europa, el dato clave es la moneda: libras esterlinas, no dólares. Alphabet busca claramente a los grandes fondos de pensiones y aseguradoras británicos y europeos, que por regulación (Solvencia II, normas locales) necesitan activos muy largos y relativamente seguros.

En la práctica, el ahorro para la jubilación de millones de europeos –y también de latinoamericanos que invierten vía fondos globales domiciliados en Luxemburgo, Irlanda o España– puede acabar financiando centros de datos y proyectos de IA de una multinacional estadounidense. Todo ello mientras la UE intenta reducir su dependencia de proveedores no europeos con el Reglamento de Servicios Digitales, el DMA y la futura Ley de IA.

En España y en varios países latinoamericanos se vive además un boom de centros de datos, con Madrid, Querétaro, Santiago o São Paulo como hubs en crecimiento. Buena parte de esa capacidad está ligada precisamente a Google, Amazon, Microsoft y compañía. Si estos actores se financian a 50 o 100 años y a tipos relativamente bajos, los operadores locales –desde proveedores de nube regionales hasta telecos– compiten con clara desventaja en coste de capital.

Para el ecosistema emprendedor hispanohablante la señal es doble. Por un lado, habrá más y mejores servicios de IA en la nube, probablemente más baratos y disponibles en más regiones, lo que abre oportunidades para startups de software, fintech, salud digital, etc. Por otro, la capa de infraestructura quedará aún más concentrada en pocas manos estadounidenses, lo que aumenta la dependencia tecnológica y regulatoria.

  1. MIRANDO HACIA ADELANTE

Es difícil imaginar que Alphabet sea el último en probar este formato. Si la operación sale bien –colocación completa, buena liquidez y spreads contenidos– es razonable esperar que Amazon, Microsoft e incluso grandes fabricantes de chips busquen plazos más largos y monedas alternativas para diversificar su financiación.

¿Qué conviene vigilar en los próximos 12–24 meses?

  • Evolución de spreads: si se mantienen bajos, el mercado compra la tesis de que la IA es “infraestructura casi pública”. Si se amplían, será señal de dudas sobre sobreinversión o rentabilidad.
  • Desarrollo regulatorio: la Ley de IA de la UE, iniciativas de privacidad en América Latina, posibles normas antimonopolio en EE. UU. y Europa pueden alterar el modelo de negocio de la IA mucho antes del vencimiento de cualquier bono.
  • Rigidez del capex: si la monetización de la IA no avanza al ritmo esperado (por ejemplo, si las empresas no están dispuestas a pagar por modelos avanzados al precio actual), veremos presión de accionistas y agencias de rating para frenar el gasto.
  • Mapa de centros de datos: habrá que observar dónde se construyen realmente las nuevas infraestructuras. ¿Crecerá el peso de España, Portugal o países latinoamericanos con buena conectividad y renovables, o se concentrará todo en unos pocos polos tradicionales?

Para los lectores, el punto clave es entender que el acceso a plataformas de IA “baratas” en la nube tiene un coste oculto: mayor concentración de poder y un compromiso financiero a larguísimo plazo asumido, en última instancia, por nuestros fondos de pensiones.

  1. CONCLUSIÓN

El bono a 100 años de Alphabet es la materialización financiera de una idea: que la inteligencia artificial y la nube serán tan básicas para la economía como la electricidad o las autopistas, y que una empresa privada puede ocupar ese rol durante generaciones. Por ahora, los inversores están dispuestos a creerlo y prestarle dinero a tipos históricamente bajos para ese plazo. La pregunta incómoda es: ¿queremos que una parte tan grande de la infraestructura digital del planeta dependa durante un siglo de las decisiones de unos pocos consejos de administración en California?

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