La batalla por los píxeles ha terminado: por qué 8K no conquistó el salón

31 de enero de 2026
5 min de lectura
Televisor moderno de gran tamaño en un salón mostrando imagen muy detallada

La batalla por los píxeles ha terminado: por qué 8K no conquistó el salón

Durante años, los fabricantes de televisores nos repitieron el mismo eslogan: más resolución, mejor imagen. 4K fue un éxito y la industria asumió que el siguiente paso lógico era 8K. Pero ese salto nunca llegó. Ahora, los principales actores del sector están reculando y aceptando que casi nadie quiere –ni necesita– un televisor 8K en casa. Este giro dice mucho sobre cómo madura el mercado de la electrónica y sobre qué va a importar de verdad en su próxima pantalla grande.

La noticia en resumen

Según informa Ars Technica, LG Display ha dejado de fabricar paneles de TV en 8K, tanto LCD como OLED. La empresa asegura que podría reactivar la producción si el mercado lo pidiera, pero por ahora la demanda es insuficiente. Por su parte, LG Electronics estaría simplemente liquidando las últimas unidades de su último modelo LCD 8K, sin nuevos pedidos de paneles.

No es un caso aislado. Ars Technica recuerda que TCL no ha lanzado nuevos televisores 8K desde 2021, alegando falta de interés del público, y que Sony retiró sus últimos modelos 8K en 2025 al redefinir su estrategia con la marca Bravia. La consultora Omdia calcula que hay casi mil millones de televisores 4K en uso en el mundo, frente a unos 1,6 millones de 8K vendidos desde 2015, con el pico de ventas ya pasado en 2022.

La 8K Association, creada en 2019 para impulsar este formato, también ha perdido miembros, sobre todo entre los fabricantes de paneles. Hoy todavía se pueden comprar televisores 8K de Samsung y, mientras queden existencias, de LG, pero el catálogo se está reduciendo.

Por qué importa

El frenazo a 8K es una pequeña victoria de la sensatez frente a la obsesión por las especificaciones. Esta vez muchos usuarios se hicieron la pregunta correcta antes de abrir la cartera: ¿qué gana realmente mi experiencia si paso de 4K a 8K?

La respuesta, para la mayoría, es: prácticamente nada. El salto de HD a 4K se nota incluso en un televisor de 50 pulgadas. El de 4K a 8K solo empieza a ser visible en pantallas enormes y a distancias de visión muy cortas, poco compatibles con un piso medio en Madrid, Ciudad de México o Buenos Aires. A cambio, 8K implica televisores mucho más caros, más consumo eléctrico y exigencias brutales de ancho de banda.

Los beneficiados son, en primer lugar, los consumidores, y también las plataformas de streaming y los operadores. Si 8K se hubiera masificado, Netflix, Disney+ o DAZN tendrían que haber invertido en bitrates astronómicos, y las redes fijas y móviles se verían forzadas a ampliaciones muy costosas. Al no ocurrir, el foco puede estar en ofrecer mejor 4K, mejor HDR, mejor sonido y más estabilidad del servicio.

Pierden los fabricantes que planificaron una nueva ola de renovación basada en 8K y los early adopters que pagaron precios de lujo por equipos que han quedado como rarezas. Pero incluso para la industria, este baño de realidad es positivo: la obliga a centrarse en lo que marca la diferencia en el día a día –contraste, brillo HDR, baja latencia para juegos, buen sistema operativo, eficiencia energética– y no tanto en inflar números en la ficha técnica.

En el fondo, lo que nos está diciendo el fracaso de 8K es que el mercado de televisores ha alcanzado una madurez similar a la de los smartphones: ya no se cambia de aparato solo porque ha salido una nueva cifra mágica.

El panorama general

La historia encaja con un patrón que ya hemos visto. Televisores 3D, pantallas curvas, control por gestos… todos llegaron con promesas de revolución y acabaron olvidados cuando se comprobó que complicaban más de lo que aportaban.

El caso de 8K se parece especialmente a lo ocurrido con la resolución en móviles. Durante un tiempo, algunos modelos de gama alta montaron pantallas 4K, pero la mayoría de marcas se han estabilizado en 1080p o 1440p y compiten con tasa de refresco, brillo y autonomía. Más allá de cierto punto, el ojo humano y los usos reales son el límite.

En la televisión pasa algo muy parecido. Para la industria de paneles, producir resoluciones extremas a gran escala ya no es un reto. El cuello de botella está en otra parte: en cómo se graba y distribuye el contenido, en los códecs de compresión y en la realidad física del salón. Muchos canales siguen emitiendo en HD o incluso en SD; buena parte del streaming se etiqueta como 4K, pero la compresión lo aproxima más a un muy buen 1080p. Cuesta vender 33 millones de píxeles cuando la señal fuente apenas aprovecha 8 millones.

Mientras tanto, otras áreas avanzan más rápido. OLED, MiniLED y en un futuro MicroLED ofrecen negros más profundos, más brillo y mejor control de la luz. Los estándares HDR tienen un impacto visual mucho mayor que pasar de 4K a 8K. Para quienes juegan en consola o PC, pesan más la latencia, la frecuencia de refresco variable y los 120 Hz que la resolución extrema.

Esto favorece a fabricantes con buen procesamiento de imagen y software propio –Samsung, LG, Sony, Hisense, TCL– y reduce el peso del simple volumen de paneles. Los píxeles se commoditizan; la batalla se traslada al tratamiento de la imagen, al sistema operativo y a los servicios integrados.

El ángulo europeo y latinoamericano

En Europa, además de la escasa demanda, 8K se ha topado con la regulación y con la infraestructura.

Las normas europeas de ecodiseño y etiquetado energético, endurecidas en 2023, han puesto el foco en el consumo de los televisores de gran tamaño. Muchos modelos 8K quedan muy cerca de los límites permitidos o los superarían sin ajustes agresivos. El mensaje político es claro: más resolución sí, pero no a cualquier precio energético. En países con tarifas altas como España, Italia o Alemania, eso pesa tanto como la calidad de imagen.

En América Latina el freno ha sido sobre todo económico y de conectividad. La combinación de salarios más bajos, precios altos de la electrónica importada y redes fijas y móviles con capacidad limitada hace que 4K ya sea una aspiración para muchos hogares; 8K es directamente irrelevante. En varios mercados, los operadores todavía distribuyen gran parte de la TV de pago en HD o incluso SD.

Además, los espacios domésticos en muchas ciudades europeas y latinoamericanas son reducidos. No tiene mucho sentido un televisor de 85 pulgadas viendo a dos metros de distancia, menos aún pagar un sobreprecio por 8K cuando el ojo apenas lo diferencia de un buen 4K.

Para los fabricantes y marcas con presencia regional, este contexto abre otra vía de competencia: modelos optimizados para bajo consumo, buen rendimiento en señales de mala calidad, integración con TDT, DVB‑T2, ISDB‑T o los decodificadores de cada operador, y sistemas operativos ligeros que duren varios años sin volverse lentos.

Mirando hacia adelante

8K no desaparece, pero se recluye donde tiene sentido.

Seguirá siendo relevante en entornos profesionales: producción y posproducción de vídeo, cartelería digital, medicina, vigilancia, incluso en realidad virtual y mixta, donde se necesitan resoluciones altísimas por ojo. La industria ya produce y edita a resoluciones mayores que las que llegan al espectador, porque eso facilita el montaje y mejora la calidad al reducir después.

En el salón, el horizonte razonable para los próximos cinco años es un perfeccionamiento de 4K. Merece la pena fijarse en:

  • mejor HDR en gamas medias, no solo en la alta
  • audio integrado decente, que evite comprar una barra de sonido
  • plataformas smart TV menos invasivas y con soporte de actualizaciones
  • progresos en contraste, reflejos y tratamiento del movimiento
  • modos de bajo consumo realistas, no solo etiquetas verdes

La incógnita interesante es la combinación de 8K con reescalado por IA. Si los procesadores de imagen logran que un buen contenido HD parezca casi 4K y que un 4K bien comprimido se acerque visualmente a 8K, podríamos ver el regreso de paneles ultrarresolutivos a precios razonables, pero esta vez sin tanto ruido comercial.

Quedará por ver si las grandes retransmisiones deportivas –Eurocopa, Mundiales, Juegos Olímpicos– llegan algún día a 8K en Europa o América Latina, y si los usuarios aceptarían pagar por ello. Mi apuesta: 4K será el nuevo estándar durante bastante tiempo.

En resumen

8K no ha fracasado por falta de ingeniería, sino por falta de sentido común: prometía más píxeles donde lo que falta son mejores contenidos, mejores redes y mejores experiencias. El repliegue de la industria es una corrección sana que desplaza el foco de la carrera de cifras al diseño, la calidad real de imagen y la sostenibilidad. A la hora de elegir su próximo televisor, la pregunta ya no es cuántas «K» tiene el panel, sino cómo, qué y desde dónde va usted a ver. ¿Aprenderá el sector la lección o inventará pronto otra guerra de especificaciones vacía?

Comentarios

Deja un comentario

Aún no hay comentarios. ¡Sé el primero!

Publicaciones relacionadas

Mantente informado

Recibe las últimas noticias de IA y tecnología en tu correo.