1. Titular e introducción
Antes de que existiera el concepto de “unboxing” y de que los portátiles fueran objetos de deseo, los ordenadores personales vivían sobre todo en la imaginación. Y ahí aparecía Robert Tinney. Sus portadas para la revista Byte – trenes sobre placas base, globos aerostáticos hechos de código, robots naciendo de huevos – dieron forma visual a una revolución que casi nadie había visto de cerca. Tinney ha muerto a los 78 años, pero la pregunta que deja es profundamente actual: en un mundo de imágenes generadas por IA y fotos de stock, ¿quién está dibujando hoy nuestro futuro tecnológico?
2. La noticia en breve
Según informa Ars Technica, el ilustrador Robert Tinney falleció el 1 de febrero de 2026 en Baker, Luisiana, a los 78 años. Tinney fue el principal autor de las portadas de la revista Byte desde 1975 hasta finales de los años ochenta, y llegó a realizar más de 80 ilustraciones que marcaron la estética de la primera era del PC.
Ars Technica explica que trabajaba principalmente con aerógrafo y pinturas Designers Gouache, que elegía por sus colores intensos y acabado uniforme. El proceso de creación de cada portada comenzaba con conversaciones telefónicas con los editores sobre el tema central del número, y solía dedicar alrededor de una semana a la pintura una vez cerrado el concepto. Inspirado por artistas como René Magritte y M. C. Escher, utilizaba metáforas y elementos surrealistas para representar áreas como la inteligencia artificial, las redes o los lenguajes de programación.
A finales de los 80, Byte dejó progresivamente de encargar ilustraciones y pasó a utilizar fotografías de productos; la última portada de Tinney se publicó en septiembre de 1990, con motivo del 15.º aniversario de la revista. Después trabajó para empresas de electrónica y software, se centró en el retrato y adoptó herramientas digitales como Photoshop. Le sobreviven su esposa, tres hijos, nueve nietos y un bisnieto.
3. Por qué importa
Tinney no fue simplemente “el ilustrador de Byte”. Fue uno de los primeros en construir un lenguaje visual para la computación personal. Cuando él empezó, los ordenadores eran, para la mayoría, máquinas misteriosas reservadas a empresas y universidades. Sus portadas contaban otra historia: la de una tecnología rara pero prometedora, con la que cualquiera podía jugar.
Las metáforas visuales cumplen una función que a menudo subestimamos: convierten conceptos abstractos en algo que el cerebro puede manipular. Un tren que circula sobre una placa, un reloj de pulsera convertido en microordenador… Antes de entender la arquitectura interna de un PC, el lector entendía la sensación de un mundo que se hacía programable.
Los beneficiados directos fueron Byte y su comunidad, pero el efecto se extendió mucho más. Muchos ingenieros, programadores y aficionados – también en España y América Latina – crecieron con esas portadas como telón de fondo. Les ayudaron a ver el ordenador no solo como un producto, sino como un espacio de posibilidades.
Si comparamos con el presente, el contraste es duro. Hoy la imagen dominante de la tecnología son fotos de dispositivos, capturas de pantalla y gráficos de marketing pulidos. Cuando hablamos de IA, ciberseguridad o “la nube”, casi siempre vemos cerebros brillantes, candados y cables azules. Son imágenes que no invitan a participar, sino a consumir o temer.
Hay otro detalle clave: Tinney no era ingeniero ni programador. Él mismo decía que se sentía algo fuera de lugar entre los editores técnicos de Byte. Esa distancia era precisamente su fortaleza. Le obligaba a buscar símbolos comprensibles para cualquiera. En pleno auge de modelos de IA y términos crípticos, esa capacidad de traducción externa vale oro. Y sin embargo, la estamos sustituyendo por prompts y plantillas.
4. El contexto más amplio
La muerte de Tinney coincide con un cambio profundo en la forma en que la industria tecnológica se representa a sí misma.
En los años 70 y 80, muchas revistas – Byte en Estados Unidos, pero también títulos europeos como c’t, Chip o Personal Computer World – apostaban por la ilustración para interpretar la tecnología. Las portadas eran promesas, no catálogos. Requerían un lector curioso, dispuesto a descifrar símbolos.
Con la profesionalización del sector y la presión publicitaria, las portadas se llenaron de fotos de productos: cajas beige, luego portátiles brillantes, hoy móviles casi indistinguibles. El mensaje implícito cambió: de “mira lo que podríamos hacer” a “mira lo que puedes comprar”.
En 2026, parte del papel que tuvo Tinney lo están ocupando los generadores de imágenes por IA. Si un medio necesita una ilustración sobre IA o blockchain, muchas veces recurre a Midjourney, DALL·E o similares. El resultado suele ser un collage de clichés visuales: circuitos, neones, siluetas. Funciona como relleno, pero no construye comprensión.
La historia se repite con matices. En la primera mitad del siglo XX, las portadas de ciencia ficción – exageradas, a veces ridículas – inspiraron a ingenieros y científicos reales. Tinney hizo algo similar para los microordenadores, pero con un tono más poético. Hoy, en cambio, dejamos que un modelo estadístico de imágenes genere, en masa, una estética estándar del “futuro”.
Comparadas con los vídeos hiperproducidos de Apple, con los montajes de productividad de Microsoft o con los paneles minimalistas de Google, las portadas de Tinney parecen casi subversivas: colocan la creatividad del usuario en el centro. No muestran un producto terminado, sino un universo por explorar. Esa idea es especialmente relevante ahora, cuando discutimos si la IA será algo que la gente pueda moldear o un servicio cerrado de unas pocas plataformas.
5. La mirada europea e hispanohablante
Byte era una revista norteamericana, pero sus imágenes cruzaron océanos. En Europa, muchos laboratorios universitarios y clubes de informática tenían ejemplares fotocopiados; en América Latina, el material llegaba por canales informales, pero circulaba. Es fácil subestimar ese impacto cultural porque no deja estadísticas, pero sí deja memorias.
En el espacio hispanohablante también hubo intentos de construir un imaginario propio: revistas como MicroHobby, PC World en español o títulos locales en México, Argentina o Chile combinaron manuales técnicos con ilustraciones, tiras cómicas y personajes recurrentes. Poco a poco fueron cediendo terreno a la fotografía y, más tarde, a las webs con banners.
Mientras tanto, la Unión Europea se ha convertido en el gran legislador de la era digital: RGPD, Ley de Servicios Digitales, Ley de Mercados Digitales y, en camino, el Reglamento de IA. Sin embargo, la forma en que se comunican estas normas rara vez está a la altura. Abundan los candados, los papeles apilados, los dibujos genéricos de servidores. Europa presume de diseño, pero explica la tecnología como si estuviera haciendo una presentación apresurada en PowerPoint.
Para usuarios en España y América Latina, donde la confianza en las instituciones y en las grandes tecnológicas es frágil, esa pobreza visual no es un detalle menor. Si la ciudadanía percibe la IA como algo oscuro y distante, regulado por documentos indescifrables, será más difícil impulsar usos responsables y democráticos.
Inspirarse en Tinney no significa copiar su estilo, sino recuperar la idea de que explicar tecnología es también una tarea cultural. Y que merece inversión. En el mundo hispanohablante hay una escena creativa potente – desde estudios de ilustración en Barcelona o Ciudad de México hasta artistas digitales en Bogotá o Buenos Aires – que podría jugar un papel clave si medios, empresas y administraciones les dieran espacio.
6. Mirando hacia adelante
En el corto plazo, veremos seguro homenajes: hilos con portadas favoritas, impresiones para coleccionistas, quizá alguna exposición en museos de ciencia y tecnología. No faltará quien entrene un modelo de IA “al estilo Tinney”.
Pero lo interesante es lo que venga después.
- Medios: ¿Algún medio tecnológico en español se animará a volver a la ilustración conceptual? No hace falta hacerlo en todas las piezas, pero sí en reportajes de fondo y análisis, donde un buen dibujo puede abrir un tema mejor que diez gráficos de barras.
- Empresas tecnológicas: Muchas startups y grandes compañías de España y Latinoamérica hablan de IA, fintech o salud digital con un imaginario visual idéntico al de Silicon Valley. Quien se atreva a contar otra historia gráfica puede diferenciarse de forma brutal.
- Sector público: Los Estados que están definiendo estrategias nacionales de IA – desde España hasta Chile – podrían tratar la visualización como parte de la alfabetización digital. Explicar con claridad qué hace un algoritmo de decisión pública no es solo cuestión de redactar un BOE o un DOUE.
Los riesgos son evidentes: encargar ilustraciones lleva tiempo y cuesta más que abrir un banco de imágenes o escribir un prompt. Pero si queremos que la sociedad entienda de verdad tecnologías tan complejas como la IA, el ahorro rápido puede salir muy caro.
La era del PC necesitó a alguien como Tinney para convertir silicio en relatos. La era de la inteligencia artificial necesitará nuevas voces visuales – quizás de contextos y países distintos, con otras sensibilidades – que hagan con los modelos y los datos lo que él hizo con las placas y los chips.
7. Conclusión
Robert Tinney ayudó a una generación a imaginar qué podía ser un ordenador personal antes de tener uno en casa. Su muerte subraya hasta qué punto el imaginario visual actual de la tecnología se ha vuelto uniforme y plano, y cuánto dependemos de nuevas personas que sepan contar historias con y sobre la tecnología. La próxima vez que vea una ilustración genérica de “IA” en azul, plantéese: si ni siquiera nos molestamos en imaginarla mejor, ¿qué tipo de futuro estamos aceptando por defecto?



